YO
ESTUVE EN VENUS
SALVADOR VILLANUEVA MEDINA
Del original:
HABLEMOS DE VENUS
Tercera edición
Colombia 1973
PROLOGO
Conozco muy bien a Salvador
Villanueva Medina, autor del presente libro. Es amigo. En nombre (de la verdad
debo decir con cierto énfasis que este es un hombre totalmente práctico; nada
tiene de fantástico; nunca lo hemos visto en ensoñaciones de ninguna clase.
En el pasado se ganó la vida como
chofer y ahora lo hemos visto dedicado a eso que se llama mecánica de
automóviles. Es si, un hombre ejemplar, fuera de toda duda. Magnífico esposo,
padre honorable de familia, buen amigo, etc.
El presente libro no le ha dado más
que amarguras. Su obra se ha reproducido en muchos idiomas, se conoce en países
como Alemania, Japón, Estados Unidos, etc. etc. etc.
Salvador Villanueva Medina no ha
ganado un centavo con este libro; empero se venden por doquiera millones de
ejemplares y eso de por sí es asombroso. Salvador ha renunciado a sus derechos
de autor por amor a la humanidad doliente.
Este hombre cuenta sencillamente lo
que le sucedió y eso es todo. Considera como un deber narrar a sus semejantes lo
que le acaeció y nada más; no anda buscando dinero; dice la verdad y nada más
que la verdad.
Algunos psiquiatras examinaron a
Salvador, llegando después de muchos análisis a la conclusión lógica de que este
autor es un hombre inteligente, cabal, equilibrado.
Así como a él le sucedió algo
notable cual fue el haber sido llevado al planeta Venus, a cualquier otra
persona le hubiera podido suceder lo mismo. Salvador se limita a relatar el
hecho y eso es todo.
La casa Phillips examinó muestras de
tierra y plantas extraídas del lugar donde el mencionado autor encontrara la
nave que le condujera a Venus; llegaron los científicos a descubrir un extraño
desorden atómico y molecular en dichas muestras.
La nave dejó huellas que los
científicos fotografiaron debidamente: Así pues el hecho o hechos narrados por
Salvador tiene pruebas irrefutables; bases formidables.
EL MOVIMIENTO GNÓSTICO CRISTIANO
UNIVERSAL está de plácemes con este gran evento cósmico cuyo personaje central
fuera Salvador Villanueva Medina, hombre sincero y honrado.
Siempre hemos dicho que la tierra no
es el único mundo habitado y esto ha quedado totalmente demostrado con el caso
vivido por Salvador. Varios terrícolas han sido llevados a otros mundos como lo
pudo evidenciar Salvador al encontrar en Venus a dos Franceses que de ninguna
manera desean volver a la tierra.
Antes de el cataclismo final que se
avecina, serán sacados de este mundo en que vivimos los elementos más dignos; la
flor y nata de nuestra gente terrestre.
Si Ud. querido lector quiere ser uno
de esos elegidos, uno de esos pocos que puedan ser llevados a otros mundos del
espacio infinito, antes de la hora postrera, escríbanos, estudie nuestros
libros, ingrese al MOVIMIENTO GNÓSTICO Internacional.
PAZ INVERENCIAL.
SAMAEL AUN WEOR
PARA QUE TODOS SEPAN...
La experiencia vivida por Don
Salvador Villanueva Medina en 1953 ha dado origen a este libro, el cual ha sido
traducido ya a 6 idiomas; tan solo en Alemania se han vendido 80 mil ejemplares;
el propio Don Salvador Villanueva Medina, ha renunciado a todos los derechos
literarios para demostrar así que la magnitud de esta experiencia no fue para
que él lucrara.
Fue también en un mes de agosto
cuando tuve el privilegio mayor que un individuo pudiera desear. En ambos casos
la aventura ha sido sin mi conocimiento.
La primera puede acreditarse con mi
nacimiento; la segunda resulta difícil de probar porque ni siquiera había
testigos; pero ha salido esta última más rica en incidentes que la primera.
De éstos, el que más hondas raíces
echó en mi ánimo, se lo debo a un chofer. Fue él la primera persona que se puso
a mi alcance cuando terminaba esta fantástica aventura. Se me hizo fácil
desbordar mi optimismo sin imaginar siquiera sus consecuencias que me situaban
en el límite de lo sublime y lo ridículo.
Pero traté de aprovechar mi
experiencia. De ahí en adelante, anduve con mayor cuidado, aunque a decir verdad
a esta táctica tampoco pude sacarle gran provecho.
Confieso que, después del primer
descalabro, con suma facilidad hubiera encerrado dentro de mi ser la gloriosa
experiencia, aunque a las personas que la propiciaron les había prometido
hacerla pública. Durante año y medio hice caso omiso de esta promesa y me
apoyaba, para hacerme fuerte, en que mi preparación intelectual era nula. Estas
gentes insistieron asegurándome que se valdrían de algún medio para ayudarme en
el trascendental cometido.
No me pareció raro ver en las
primeras planas de los periódicos noticias acerca de personas que habían tenido
experiencias similares a la mía, aunque de menor magnitud.
De nuevo empezó a bullir dentro de
mi la curiosidad por saber si me creerían. Me proponía contárselo todo a un
intelectual y creo que estuve atinado en la elección.
Por aquellos días un periodista que
bajo el seudónimo de M. Ge Be escribía una serie de artículos sobre el tema
llamó ni atención. Por la seriedad con que actuaba, decidí interesarlo
mandándole una parte del relato, pues no podía desterrar de mí la incertidumbre
que provocara el amigo chofer y por lo tanto juzgo que de nuevo cometí un error,
no contándole a este hombre la experiencia con lujo de detalles.
Porque ahora era él quien tomaba con
recelo mis palabras y, aunque me dio oportunidad de justificarme, creo que no la
supe aprovechar, ahondando más la desconfianza.
Por esos días estaba en México de
vacaciones un matrimonio norteamericano, que había tenido oportunidad de ver una
nave espacial a poca altura y les entusiasmó tanto que decidieron documentarse
debidamente y dictar algunas conferencias.
En México se pusieron en contacto
con el señor M. Ge Be, quien tuvo
la gentileza de invitarme a la primera conferencia dictada por ellos en la
capital.
Concurrieron a ésta unas trescientas
entusiastas personas, la mayoría documentadas y algunas con experiencias
personales.
También los periodistas hicieron
acto de presencia, por lo que resultó interesante el nuevo incidente que iba a
aumentar mi acervo personal.
En compañía de mi hijo mayor,
ocupamos un rincón del salón, dejando que transcurriera el acto. Los ánimos se caldearon. Varias personas
subieron al estrado a relatar su experiencia, aumentando el interés de los
concurrentes.
De repente, la persona que dictaba la
conferencia, en un recurso de oratoria, pregunté si alguno de los presentes
había establecido contacto con los tripulantes de las naves espaciales.
La pregunta hizo un efecto
fulminante en mí que, sin saber con certeza el alcance de mi repentina decisión
y sintiendo que una fuerza extraordinaria me obligaba a ello, levanté la mano,
siendo invitado al estrado ante la expectativa general.
Solo había caminado unos pasos,
cuando ya estaba arrepentido; pero seguí adelante. Afortunadamente me trataron
con cortesía, y hasta hubo un gran escritor, don Francisco Struk, allí presente,
que salió en mi defensa, dando crédito a mis palabras, en lo que se calmó la
efervescencia que había provocado.
Los norteamericanos se interesaron
en la investigación de mi relato y, en combinación con el señor M. Ge Be, me invitaron a que les enseñara
el lugar en que vi y abordé la nave.
En esta ocasión nos acompañó un
ingeniero militar, profesor de matemáticas de nacionalidad norteamericana, y
Salvador Gutiérrez, joven experimentado fotógrafo de prensa. La excursión fue un
éxito.
El ingeniero guiado por mí, hizo
cálculos y no tardamos en localizar el sitio exacto, comprobando las dimensiones
del aparato. Esto me hizo recobrar
la confianza que me había hecho perder el amigo chofer, y adquirí un nuevo
conocimiento: que las naves aludidas dejan donde aterrizan, siempre en
despoblado, una huella.
En el caso que nos ocupa, como aterrizó
en un lugar cubierto de vegetación que alcanzaba gran altura, ésta fue quemada
en forma rara, para nosotros desconocida y así estaba año y medio después.
Trajimos muestras de tierra, de
dentro y fuera de la huella, que fue analizada en los laboratorios Phillips, y
se pudo comprobar que en ambas muestras había una diferencia molecular muy
marcada. Poco después vino de California, E. U. , el señor Jorge Adamski. Dictó también una conferencia sobre el
tema en el teatro Insurgentes, y aseguró que había tenido numerosos contactos
con los tripulantes de las naves.
Le fui presentado en casa del señor
M. Ge. Be. y me limité a contestar sus preguntas;
pero sin
extenderme.
Tenía entonces la firme convicción de que
ninguna de las personas que había conocido, gozaran de mayor experiencia que yo,
y me parecía que sólo buscaban para su provecho personal mis confesiones.
También pasó por esta capital el
escritor inglés Mr. Desmond Leslie
y tuve oportunidad de conocerlo y acompañarlo durante día y medio, gracias al
interés del acucioso investigador y periodista señor M. Ge. Be. que no se daba punto de reposo
para aprovechar cuanta oportunidad se le presentaba para investigar mis
experiencias.
Debo aclarar, como ya dije antes,
que tampoco al periodista le había contado la experiencia completa. Como a las
demás personas, me limité a relatarle solo una parte, ya que el resto lo juzgaba
inverosímil. Temía que me ridiculizaran, pues entonces ya creía justo que nadie
creyera lo que no había visto con sus propios ojos.
Sin embargo, seguía haciendo estragos en mi mente la
promesa que les había hecho a los tripulantes de la nave espacial.
Y éste es el motivo por el que
decidí escribir mi relato con amplitud y sin las limitaciones que impone el
periodismo. Espero que perdonen mi osadía.
Para las personas versadas en
telepatía, relato al final de este trabajo algo que he tenido el martirio de
captar sin poder descifrar enteramente; pero que juzgo como un apremio cumplir
mi palabra empeñada.
CAPITULO
1
Corría la segunda decena del mes de
agosto de 1953 ... Cubriendo un turno en un carro de alquiler, serví a unos
norteamericanos, hombre y mujer, que me pidieron que les recomendara a un chofer
que les ayudara a manejar un coche a los Estados Unidos, por la carretera de
Laredo. Contra mi costumbre, me interesó el trabajo y me puse a su servicio,
saliendo dos días después. El auto era un magnífico Buick modelo 52 que avanzaba
con facilidad. A la pareja le urgía llegar y nos turnábamos manejando el
vehículo.
Llevábamos recorridos menos de 500
kilómetros, 484 para ser exactos, cuando se produjo un ruido en la transmisión
del coche. Paramos, temerosos de causar un desperfecto grave.
Mis acompañantes decidieron regresar
en busca de una grúa, ya que en plena carretera y sin herramientas resultaba
imposible hacer alguna reparación.
Cuando mis improvisados patrones se
alejaron, saqué el gato de defensa con objeto de investigar de dónde provenía el
ruido. Lo coloqué, levantando una rueda; eche a andar el motor conectado a la
transmisión y me deslicé por debajo, para oír con mayor claridad.
Estando en esa posición oí que alguien se
acercaba, pues se escuchaban pasos en la arenilla que se acumula en la orilla de
la carretera. Alarmado, ya que cuando mis improvisados patrones se fueron y me
metí debajo del coche no había visto a nadie cerca y el lugar es despoblado,
traté de salir lo más rápidamente posible.
No acababa de hacerlo cuando oí una voz
extraña que en perfecto español me preguntaba qué le pasaba al coche. No
contesté, sino que acabé de salir, quedando sentado y recargado en la
carrocería.
Tenia frente a mí, como a metro y medio,
a un hombre extrañamente vestido, de pequeña estatura. No media arriba de un 1
metro 2 o cms. Se cubría con un uniforme hecho de material parecido a la pana ó
a un tejido de lana.
No tenía más parte visible que la cabeza
y la cara, cuyo color resultaba sorprendentemente parecido al marfil. Su pelo,
platinado y ligeramente ondulado, le caía un poco más abajo de los hombros y por
detrás de las orejas.
Estas, las cejas, la nariz y la boca
formaban un conjunto maravilloso, que completaban un par de ojos verde brillante
que recordaban los de una fiera. Llevaba un cinturón grueso redondeado en sus
bordes, lleno de pequeñísimas perforaciones y sin unión aparente.
Tenía un casco parecido a los que se usan
para jugar foot ball americano, un poco deformado en la parte trasera.
A la altura de la nuca, en dicho casco,
había un abultamiento del tamaño de una cajetilla de cigarros cubierta a su vez
de perforaciones desvanecidas en sus bordes.
A la altura de las orejas, se veían dos
agujeros redondos como de un centímetro, de los que salían gran cantidad de
alambritos delgados y temblorosos, que aplanados sobre el dorso del casco
formaban una circunferencia como de tres pulgadas y media.
Estos alambritos y la protuberancia eran
de color azul, igual que el cinturón y una cinta al parecer metálica en que
remataba el cuello del uniforme.
Este y el resto del casco eran de color
gris opaco.
El hombre se llevó la mano derecha a la
boca para preguntarme si no hablaba.
Me resultó alucinante el sonido sonoro
musical de su voz, salido de una boca perfecta que enmarcaba dos hileras de
pequeños y blanquísimos dientecillos.
Haciendo un esfuerzo me levanté, dándome
un poco de valor al notar mi superioridad física.
El individuo me animaba esbozando una
sonrisa llena de dulzura; pero yo no salía aun de la rara impresión que me
produjo la súbita aparición de aquel tipo tan singular.
Como no me sintiera obligado a contestar,
le pregunté a mi vez si era aviador.
Haciendo derroche de amabilidad me
contestó que si lo era, que su avión, como nosotros le llamábamos, estaba a poca
distancia.
Reconfortado con su contestación, se me
ocurrió invitarlo a subir al coche.
Hacía un airecillo frío, bastante
desagradable, que aumentaba de cuando en cuando, al pasar algún vehículo a gran
velocidad.
La oscuridad nos empezaba a cubrir y el
hombre, en vez de aceptar o de agradecer la invitación, procedió a acomodarse el
casco cuidadosamente, dejándose oír un ruido muy parecido al que produce un
automóvil en marcha a gran velocidad.
En las perforaciones del cinturón comenzó
a prender y a apagar con profusión diversas luces, que aumentaban de
intensidad.
El hombre alzó el brazo derecho como
despidiéndose, se acercó a un montículo de tierra, lo alcanzó con agilidad y
saltó al bosque que bordea la carretera.
Pasado un momento me subí al mismo y
trate de buscarlo, localizando a cierta distancia la franja luminosa de su
cinturón que semejaba un grupo numeroso de luciérnagas.
Allí estuve hasta perderlo en la
oscuridad del bosque.
Regresé al coche, quité el gato, y por
consejo de unos motociclistas vigilantes de caminos que pasaban, lo saqué del
asfalto, acercándolo al borde en que estaba parado.
Me acurruqué en el asiento, cavilando
sobre aquel extraño ser y pensé que quizá fuera en verdad algún aviador que
había sufrido un accidente o percance y tuviera el avión destrozado en el
bosque. Por fin me quedé
dormido.
Debió haber pasado bastante tiempo, pues
estaba profundamente dormido cuando fuertes golpes dados en el vidrio de la
puerta delantera derecha me despertaron.
Como a primera vista descubrí a dos
personas fuera del coche. Imaginé
que fueran los dueños del mismo que regresaban.
Sin pensarlo, abrí la puerta, y mi
sorpresa fue mayúscula al encontrar que era mi “conocido”, ahora en compañía de
otro individuo con su mismo aspecto y forrado de igual manera.
Sin darme cuenta, los invité a subir,
cosa que aceptaron de inmediato.
Fue así cuando, por primera vez, sentí la
extraña sensación de que aquellos seres eran algo superior a mí.
Como si fuera una premeditada
advertencia, al estirar el brazo derecho sobre ellos tratando de ayudarlos a
cerrar la portezuela, sentí un dolor agudo como el que produce un golpe
repentino dado en un codo, seguido de un entumecimiento que me paralizó
momentáneamente el brazo.
Fue tan fuerte la impresión que,
instintivamente, me apreté hacia el lado izquierdo, poniendo espacio por
medio.
Un momento después se dejó sentir un
calorcillo emanado de sus cuerpos ó de sus uniformes, que por cierto resultaba
agradable, ya que en esa época la temperatura en la región es fresca.
Sin presentaciones de ninguna especie, el
que antes me había visitado, que quedaba en el centro, me preguntó si había
logrado arreglar el coche.
Le contesté que no llevaba herramientas
suficientes para intentar una reparación en forma y por lo tanto no tenía más
remedio que esperar a mis acompañantes que habían ido en busca de auxilio.
Siguió un momento de expectación, y me di
cuenta que trataban de observarme con cierto entusiasmo.
Prendí las luces interiores del coche y,
solo por preguntar algo, les dije si eran europeos. Lo perfecto de sus facciones me hacían
comprender que no pertenecían a una raza al alcance de mis conocimientos.
Sonriendo ligeramente me dijo el que
estaba en medio, que era el que llevaba la conversación, que eran de un lugar
mucho más distante de lo que yo conocía o pudiera imaginar.
Eso del lugar me producía cierta
sensación extraña; pero no se me ocurría pensar en otros planetas, sino en otros
países. Nuestro lugar, dijo, está
mucho más habitado que éste.
Es difícil encontrar mucho espacio entre
gente y gente. Luego el hombre se
soltó a hablar tanto que yo quedé perplejo.
Hacían contraste, éste con su locuacidad
y su acompañante con su mutismo.
El segundo, que resultaba mas lleno de
cara y más robusto en general, solo hacía pequeños movimientos de cabeza,
dejando algunas veces al descubierto sus pequeños dientes, que se destacaban por
su blancura, pero sin pronunciar palabra.
El bajito siguió diciendo que a su lugar
se le podía llamar una ciudad continua, que lo cubría todo, pues sus calles se
prolongaban sin fin, que éstas nunca se cruzaban al mismo nivel, que había tal
cantidad de vehículos y era tanta su diversidad que fácilmente me quedaría
asombrado.
Aseguró que dichos vehículos no usaban
combustibles minerales, ni vegetales, pues los gases de esta clase de
combustibles resultan dañino a los organismos.
También manifestó que la fuerza de
propulsión se la proporcionaba lo mismo el calor central de su planeta, que el
sol, ya que eran fuentes inagotables de energía.
Siguió diciendo que, a lo largo de sus
banquetas, corrían bandas sin fin que ahorraban esfuerzos a los transeúntes y
que la gente jamás ocupaba el arroyo de la calle, pues éste era metálico y
conductor de la fuerza con que se impulsaban sus numerosos vehículos.
Estos son totalmente diferentes a los que
ustedes usan.
Verás que con el material y el espacio
que ustedes emplean para transportar seis pasajeros, nosotros llevamos
veinticinco, en algunos casos hasta cincuenta y eso solo en el primer piso.
Lo dijo recorriendo con la vista el
interior del espacioso automóvil que ocupábamos.
Pero los tenemos hasta de diez
pisos.
Todo esto me estaba amoscando, ya que no
sabia de ningún país en nuestro mundo que no usara en parte de sus vehículos
alguna clase de combustible.
Podía ser que los hubiera demasiado
poblados, pero hasta ahí llegaba la cosa en cuanto a sus ciudades.
Tampoco sabía que las hubiera mecanizadas
hasta ese grado. Aquellos hombres me estaban pareciendo un par de bromistas.
Pregunté cómo hacían para producir legumbres, ya que estaban tan poblados.
La pregunta la hice en broma; pero él
tranquilamente me contestó: Que hacía mucho tiempo cultivaron legumbres en mucho
mayor número de las que nosotros conocemos.
Lo hicieron en perforaciones, empleando
las paredes para ese fin, por lo que resultaban hortalizas interiores e
subterráneas.
Algo de esto me pareció lógico. Otras
cosas decididamente no. Ahora, tratando de orientarme, pregunté si tenían mar
cerca. Me contestó, como sin darle importancia a la pregunta, que solo tenían
uno, pero que era tres veces más profundo que el nuestro.
La cosa me pareció burlesca, y le
reproché su proceder. Los dos individuos explotaron en una sonora carcajada que
me acabó de amoscar; pero llegué a pensar que posiblemente mi ignorancia era
mayor de lo que imaginaba, y si he de decir verdad no me sentí ofendido.
Ante mi impasibilidad, el hombre me
espetó: -- Espero que comprendas que te estamos hablando de otro planeta.
-- ¿De otro planeta? --pregunté entre
indignado y asombrado.
-- Sí, hombre, otro mundo como ustedes
llaman a este en que vives.
¿Creo que sabes que los hay? -- Claro que
sí lo sé -- me apresuré a contestar, pues la pregunta me pareció ofensiva.
-- ¡Hágame el favor! ¿Cómo no voy a saber
que existen otros planetas? Y terminé, para demostrar mis conocimientos en
astronomía aseverando que, según nuestros sabios, ningún otro planeta fuera del
nuestro puede tener habitantes racionales.
-- ¿Qué les hace pensar tal cosa? -- me
pregunta ¿Acaso los deficientes medios de que disponen para hacer sus cálculos?
¿No les parece demasiada pretensión creer que son los únicos seres que pueblan
el universo? Aquello estaba tomando un cariz más serio de lo que yo había
pensado.
De repente me volví a dar cuenta del
dolor que todavía sentía en mi brazo y también de la rareza de aquellos tipos
con sus uniformes y cinturones, con los cascos, lo raro del color de su piel, el
de sus expresivos ojos y su extraña voz, a cuyo sonido no podía encontrarle
parecido.
Para mi pobre intelecto, aquellas eran
demasiadas pruebas.
Decidí seguir resistiendo y les dije que
todo me parecía increíble.
-- Cierto, -- me contestó --.
Resulta increíble para la mentalidad
de ustedes; pero, dime, ¿por qué resulta increíble?
CAPITULO
2
La pregunta fue tan imprevista que
me confundió.
Al azar le contesté que creía saber, por
los cálculos de nuestros astrónomos y matemáticos, que algunos planetas de los
que forman nuestro sistema solar son demasiado fríos y otros demasiado
calientes.
-- Pues, bien.
Te voy a poner un ejemplo sencillo:
ustedes tienen lugares extremadamente fríos y sin embargo viven en ellos gentes
que, sin artificios ni ayudas mecánicas de ninguna naturaleza, logran subsistir,
valiéndose tan solo de sus propios medios.
Ahora imagínate a esos mismos individuos
dotados con los elementos necesarios, útiles para formar el clima o el ambiente
que necesiten.
¿Qué les puede importar la distancia a la
que estén del sol, si éste les da los medios necesarios para protegerse y,
además, convertir lo perjudicial en beneficioso? Ahora, otro pequeño
ejemplo.
Seguí escuchándolo.
-- Te habrás dado cuenta de que un
individuo, valiéndose tan solo de un pequeño tanque en el que almacena lo que
necesita para respirar, puede estar fuera de su medio, sin peligro de su
estructura orgánica.
El ejemplo iluminó mi cerebro y, sin
perder tiempo, le pregunté: -- ¿Ustedes deben respirar algo distinto a lo que
nuestro organismo está acostumbrado? -- Claro, me contestó, satisfecho.
-- Pero yo no veo nada adicional.
-- No ves nada porque, según tu
mentalidad, debe ser adicional; pero toca aquí. Me lo dijo invitándome a tocarle
lo que debía ser estómago y allí se sentía una consistencia semidura, diferente
a cómo lo tenernos nosotros.
Acto seguido completó la explicación: --
Nosotros llevamos aquí lo que nos da vida.
Inyecta directamente los pulmones.
-- Esto sí que es maravilloso - exclamé
con entusiasmo.
Pero . ¡qué diablo!, me seguían asaltando
las dudas.
El lo advirtió, por lo que me dijo que
preguntara lo que quisiera, que él me contestaría.
Para principiar le dije que si venían de
otro mundo, ¿qué clase de vehículo usaban? Me contestó que ya me había dicho que
su nave estaba a poca distancia y que pronto iba a tener oportunidad de
conocerla, si así lo deseaba.
Revoloteaba en mi mente una pregunta,
pero no encontraba la forma de hacerla sin ofenderlo.
Se me ocurrió que, siendo los adultos tan
pequeños, cómo serían los niños.
Y ante mi asombro, como si estuvieran
leyendo en mi mente, contestó a mi pensamiento de la siguiente manera: -- Te voy
a explicar lo que quieres saber, o sea, lo relacionado con los niños.
En nuestro mundo no vemos a los niños en
las calles.
Desde que nacen, quedan bajo el
patrocinio de lo que podemos llamar gobierno, y éste se encarga de su control
hasta que alcanzan la edad adecuada.
Entonces se los clasifica de acuerdo con
sus cualidades físicas y mentales y se les asigna determinado lugar, donde hacen
falta.
Generalmente se lleva a cabo esta
operación por parejas, hombre y mujer y se me ocurrió preguntarle cómo hacían
para aclimatar a un individuo de una zona fría a una caliente, o viceversa.
-- Como verás este problema no lo
tenemos.
Por la sencilla razón de que todo nuestro
mundo goza de un solo clima uniforme y éste no es natural, sino artificial,
creado por nosotros mismos.
Comprenderás ahora que gozamos de un solo
clima, benigno, sin tener como ustedes regiones extremas.
Por lo demás nuestra población no nos
permitiría ese lujo.
Aquello, para mí, ya iba en vías de un
total convencimiento.
Todo me parecía favorable a lo que él
aseguraba y ya me empezaba a parecer lógico.
De nuevo mi mente dio cabida a otra
pregunta.
Estaba relacionada con su único mar, y no
acababa de formarla cuando él cortó el pensamiento: -- Ya te dije que tenemos un
mar y éste contiene tanto líquido como todos los vuestros juntos.
De él sacamos todos los materiales, los
que usamos para construir nuestros edificios, para confeccionar nuestra ropa,
para fabricar nuestros vehículos y un 60 ó más del porcentaje de nuestra
alimentación.
Prosiguió: -- Nuestros barcos actuales no
son como ustedes los conciben y construyen. Los nuestros lo mismo están en el
aire que en el agua o en algún otro lugar sin peligro de ninguna especie.
En dicho mar tienen asiento, a grandes
profundidades, descomunales fábricas con sistemas diferentes a los que ustedes
usan. Estos sistemas atraen a los pobladores del mar. Allí son seleccionados y
aprovechados científicamente.
Ante mi asombro, añadió: -- Como
comprenderás, en nuestro mar no se producen perturbaciones de ninguna especie,
pues lo tenemos para nuestro servicio y bajo nuestro control y por lo tanto
quedan eliminadas esas contingencias.
Aquello ya se había convertido para mí en
una incesante preocupación. Ansiaba saber más acerca de aquellas gentes. Le
pregunté cómo era que hablaban tan bien el español.
Me contestó que ellos podían en poco
tiempo hablar cualquier lenguaje por difícil que fuera; que, en su mundo, se
hablaron, igual que en el nuestro, infinidad de idiomas; que ahora solo
empleaban uno formado por las palabras más fáciles y que lo habían logrado en
forma sumamente eficaz y sencilla.
Le pregunté si conocían todo nuestro
mundo.
Me aseguró que no solo lo conocían
superficialmente, sino también su contextura y todas las costumbres de las
diferentes regiones por apartadas que a nosotros nos parecieran.
Que lo primero lo lograban con aparatos
apropiados de los que estaban dotadas todas sus naves y lo segundo con personas
de ellos mismos, seleccionadas, las que más se asemejaban físicamente a
nosotros.
Las solían dejar bien provistas cerca del
lugar que le interesaba investigar y las recogían en el momento propicio. Me
empezaban a preocupar los fines que perseguían en nuestro mundo.
Así, que, al preguntarlo, me contestó,
ilustrando la respuesta con algo de historia: -- La etapa por la que atraviesan
ustedes ahora, la vivimos nosotros hace algunos miles de años.
En nuestro mundo hubo guerras y
destrucción, atrasos y adelantos; pero un buen día llegó la ecuanimidad. Se
derrocaron líderes políticos y se eligieron en su lugar sabios y destacados
humanistas.
En lugar de los ensoberbecidos,
ambiciosos y egoístas, que solo buscaban el lucro en su propio beneficio, que
fueron aniquilados como los medradores, fueron puestos hombres dedicados al
mejoramiento colectivo.
Después de una breve pausa: -- Hubo un
cambio total en la administración pública y, poco a poco, fue desapareciendo la
vanidad, que resultaba el mejor aliado de los explotadores, y acabó asentándose
firmemente la moral en todos sus aspectos.
Ahora nos gobiernan verdaderos sabios que
procuran una mejor alimentación, un mejor vestido, una mejor y uniforme
educación. Se acabaron los privilegios.
Ahora, en el mismo lugar, se educa física
y mentalmente al que probablemente desciende de ricos y al que desciende de
pobres. El que durante esa época de su vida se destaca, es destinado a donde
puede desarrollar sus aptitudes libremente y sin preocupaciones.
Aún dijo más: -- Desapareció totalmente
lo que ustedes llaman Nación o Patria. Solo somos ciudadanos de nuestro mundo.
No usamos bandera, ni identificaciones de ninguna especie.
Cada niño, al nacer es tatuado en alguna
parte de sus pies. Es como una ficha que habla de su origen y facultades. Así
crece sin complejos, sano y libremente.
Las horas habían pasado rápidamente.
Empezaba a clarear cuando descendimos del coche.
A decir verdad, no sabía si era realidad
lo que me había pasado, pero debía serlo pues estaba a un solo centímetro de
aquellos dos personajes, dispuesto a certificar lo que me habían platicado. Se
adelantaron un poco, subiendo al borde de tierra.
Y de repente volvieron la cara, como
tratando de sorprenderme en algún movimiento sospechoso.
Me di cuenta de que de sus cascos y
cinturones salían sonidos intermitentes y en gran escala, subiendo a veces de
tono hasta herir los oídos.
La curiosidad me invadió y no tuve más
remedio que preguntarle para qué les servían dichos cinturones.
La pregunta, al parecer, les llenó de
satisfacción.
El bajito fijó su vista en el
cinturón.
Su acompañante solo se elevó las manos a
él, sin dejar de observarme.
Pero su expresión era tal que daban a
entender que, con aquella maravilla puesta, se sentían inmunes a cualquier
peligro.
O por lo menos eso me pareció.
Demostraban cariño y seguridad sus
vivísimos ojos, que fulguraban.
Por fin, el bajito alzó la vista y me
dijo: -- Este es un aparato que sirve para inmovilizar cualquier mecanismo o
enemigo.
Ahora dime, prosiguió, satisfecha tu
curiosidad, ¿tienes deseos de conocer la máquina? Ven con nosotros y rubricó la
invitación con amplia y amable sonrisa.
No me pareció digno desairarles.
Por lo tanto, me apresuré a
seguirles.
El terreno era lodoso.
Nuestros hombres vadeaban los charcos,
buscando lugares más duros.
De repente me di cuenta de que en los
lugares donde asentaban los pies, el lodo se abría sin adherirse a ellos, con el
mismo efecto que produce un fierro caliente.
Vi mis zapatos.
Los llevaba totalmente cubiertos de lodo,
alcanzando éste a mancharme las piernas del pantalón.
El descubrimiento me dio la sensación de
estar caminando tras dos fantasmas, e inconscientemente empecé a rezagarme,
aumentando la distancia entre los hombres y yo, pero sin dejar de
seguirlos.
Aquello fue solo el principio de una
serie de sorpresas, que se gravarían para siempre en mi cerebro.
Algunos metros más adelante,
sorpresivamente, tuve ante mi vista la majestuosa nave de que me habían
hablado.
Emergía deslumbrante, rodeada de follaje,
como gigantesco huevo en descomunal nido.
Paré en seco mis pasos y me puse a
contemplar lo que tenía delante.
Una majestuosa esfera achatada se apoyaba
en tres boyas que formaban triángulo.
Tenía, en la parte superior, un cable
ligeramente inclinado hacia dentro, como de un metro de altura, circundado de
agujeros que semejaban ojos de buey como los que usan en los barcos.
El conjunto era impresionante y daba la
sensación de una gran fortaleza.
Era de un color muy parecido al que se
produce en un pedazo de acero al quemarlo contra un esmeril.
Pero de una transparencia difusa.
Cuando los hombres estaban como a metro y
medio, ambos se llevaron la mano derecha hasta apoyarla en el cinturón, y en
seguida se empezó a dibujar y a agrandar una abertura en la parte inferior de la
esfera, convirtiéndose finalmente en una escalera.
A guisa de pasamanos había dos cables, al
parecer elásticos, pues se flexionaban al apoyarse los hombres en ellos.
Yo me había quedado como a siete metros
de distancia; pero, como la nave estaba en una hondonada, pude darme cuenta de
que, efectivamente, los hombres no dejaban en los escalones ni una sola
partícula del lodo que pudieran llevar en los pies.
Pude ver también cómo el más gordito se
perdía dentro y el otro se paraba a media escala y apoyándose en el pasamanos se
volteaba para verme invitándome a que me acercase y, aunque algo me jalaba en
dirección contraria, hice un esfuerzo y seguí caminando hasta colocarme a un
metro de la nave.
Algo debía haber cambiado dentro de mi
ser, pues el miedo o recelo que hasta entonces había sentido se trocó en
audacia.
Empecé a imaginarme que lo que tenía
enfrente no era ninguna nave, y hasta le encontré cierto parecido con una casa
de exploradores de tipo convencional.
Cuando el hombre repitió su invitación,
decididamente avancé y empecé a subir tras él.
Salimos por una especie de claraboya o
agujero redondo de poco más o menos medio metro de circunferencia, a una
plataforma horizontal.
Cuando me di cuenta, el agujero por donde
habíamos entrado, había sido sellado en forma inesperada.
Ciertamente estaba impresionado; pero, a
pesar de estar encerrado dentro de aquella cosa, la luz pasaba al través, y la
parte que debía dar sobre la escalera por donde subimos, parecía de cristal,
pues se podía mirar por ella hacia fuera con perfecta claridad.
Empecé a recorrer con la vista lo que
tenía a mi alrededor.
Una pared bajaba desde el techo formando
ángulo con la plataforma.
En esta pared se adivinaba algo que bien
pudiera ser un respaldo aunque resultaba demasiado alto.
En ángulo con aquel deforme respaldo,
pues era otra cosa, estaba lo que debía ser el asiento, dividido en tres
secciones, vistas desde enfrente, con algo que parecían tapas de los asientos
pero éstas habían sido levantadas hacia los lados.
Debí parecerles un bobo en un bazar, pues
los hombres se limitaban a observarme.
Finalmente, el que hablaba español me
invitó a pasear un poco, pero ahora me pareció que aquello no se iba a levantar
ni un centímetro con mi peso, por lo que irónicamente le dije que me gustaría
probar.
Me señalaron el asiento de en medio,
ocupando ellos los de los lados.
El asiento era mullido, en grado para mí
desconocido, y eso que llevo por lo menos las dos terceras partes de mi vida
ocupando asientos de autos, por lo que no podía negar que, con un asiento de esa
naturaleza, me gustaría dotar al coche donde trabajo.
Pero, esperen, que si el asiento
resultaba sorpresivamente blando, el respaldo resultaba superior, pues bastaba
recargar un poco el cuerpo en él y fácilmente me perdía en aquella masa
agradablemente acogedora.
Fueron bajadas las tapas e inmediatamente
sentí una ligera presión sobre mis piernas y parte del abdomen.
Ajustaban con tal presión y firmeza, que
me daba la impresión de estar metido dentro de una paca de hule esponja.
Lo que estaba sobre mis piernas era nada
menos que un tablero de instrumentos.
Al igual que cada uno de los lados, estos
tableros eran gemelos, y desde cualquiera de ellos se puede operar la
máquina.
Me gustará mucho poder describir uno de
estos tableros y voy a tratar de hacerlo.
Son como una mesita rectangular,
ligeramente inclinada hacia mí.
Junto a mi pecho, y resaltando
notablemente sobre los demás instrumentos, había una pantalla, no mayor que un
faro de automóvil de superficie convexa.
Se la veía límpida y luminosa, con
asombrosa claridad.
Junto a esta pantalla, en los lados de la
parte anterior, había dos protuberancias redondas, una blanca y la otra
negra.
Debo aclarar que los colores de todos los
instrumentos eran luminosos, con más fuerza que la luz fluorescente que
conocernos.
Delante, junto a la mencionada pantalla,
había tres ruedecillas, dos colocadas en forma vertical y una en medio, en
formato horizontal.
Al lado derecho se veía una serie de
teclas, la primera ancha y las demás angostas.
A la mitad de la primera, este teclado
empieza en la mayor, de color blanco, y conforme se alejan el color se va
ennegreciendo hasta terminar en un negro brillante.
Hasta el extremo opuesto y a cada lado,
había al alcance de los dedos pulgares de los pequeños hombres, dos diminutos
descansos para dichos dedos en forma de ángulo, hacia fuera.
En el lado izquierdo, en hilera, igual
que el teclado, surgían palanquitas en forma de pequeñas raquetas o palmetas que
se manipulan hacia enfrente.
Finalmente, delante de la pantalla y
aproximadamente al centro del tablero, había cuatro piezas en forma de media
luna, teniendo la parte inferior circular y la superficie plana.
Basculaba por el centro, por lo que se
advierten en cada una de ellas solo dos movimientos.
Estas piezas forman una cruz.
Se complementan dichos tableros con un
cilindro colocado en el extremo posterior.
Dentro de dicho cilindro, se mueven cinco
secciones a diferentes velocidades, teniendo las lecturas en forma
diagonal.
Convierte el color conforme gira, yendo
del blanco al negro.
Así era poco más o menos el tablero.
En él se reproducen los movimientos de la
máquina a voluntad del tripulante.
Observando todo esto, no me di cuenta
cuándo empezamos a subir.
El ascenso fue suave, lento y en forma
vertical.
CAPITULO
3
Pude ver a mis pies el coche
abandonado.
Seguimos subiendo, siempre en forma
vertical y siempre teniendo a mis pies el coche como objetivo, viéndolo por
última vez en forma borrosa y no mayor que el auto de un niño.
Mis acompañantes me instruyeron cómo
operar la pantalla.
Bastaba hacer girar cualquiera de las
ruedecillas laterales, para atraer en forma nítida y precisa todo lo que había
fuera de la nave, tanto de la parte superior, como de la derecha, como de la
inferior, de la izquierda, sirviendo la del centro que estaba en forma
horizontal, para acercar la imagen hasta dar la impresión de que estaba a un
metro de nosotros.
Se me olvidaba mencionar que en el
extremo derecho del tablero hay una bola incrustada en una cuenca y termina con
una palanca redonda.
Esta hace mover en toda la extensión de
la pantalla un punto negro que sirve de mira cuando hay necesidad de usar
diferentes armas, que más tarde trataré de describir.
Por fin todo quedó cubierto de nubes y
nosotros seguíamos subiendo.
Los hombres buscaban un claro para que yo
pudiera ver nuestro planeta, pues pensaban, y con razón que aquello me iba a
impresionar.
Por mi parte, me sentía tranquilo.
Traté de hallar el motivo de esta
tranquilidad, pues no me parecía normal.
Mi carácter es nervioso por naturaleza y,
además nunca había subido en un avión, y esto ya me parecía motivo suficiente
para estarlo.
Recordé que solo momentos antes de
abordar la nave sentí temor.
Recordaba haber visto al gordito perderse
dentro de la escala y ansiaba en aquel momento que el otro hombre hiciera lo
mismo, para regresar “volando” a la carretera y meterme en el automóvil, que me
brindaba seguridad.
Sin embargo, en un momento dado,
desapareció aquel miedo, y ahora hasta indiferencia sentía por la suerte que el
coche pudiera correr, abandonado.
Me empezaba a preocupar que estuviera
bajo la influencia de aquellos hombres.
Sin embargo, trataba de alejar de mi
mente aquellas preocupaciones, y me distraía observando cómo maniobraban en los
tableros y mirando hacia fuera a través de las paredes, comprobando el
efecto.
Hasta sentía admiración por la sencillez
y maniobrabilidad de aquella nave, que hasta un niño podría manejarla.
Cuando entramos en un espacio despejado,
me indicaron lo que teníamos a nuestros pies.
Confieso que, por muy resentido que fuera
y aunque hubiera estado seguro que había subido a la nave bajo alguna influencia
extraña, me hubiera parecido perdonable.
Lo que tenía al alcance de mi vista era
un espectáculo maravilloso, una esfera ligeramente opaca, algo desdibujada, que
por momentos se convertía en una masa redonda y temblorosa como ensoñada
gelatina.
Podría precisar que volábamos sobre la
parte central del continente americano, ya que distinguía con relativa
facilidad, perdiéndose en un abismo sin fin, lo mismo la parte ancha de la
República Mexicana, que la parte más angosta del continente.
Luego los hombres me indicaron la pequeña
pantalla, aconsejándome accionara la ruedecilla central.
Y por qué lo había de negar, pues no
tengo ni conozco palabras para expresar lo que sentí, ni tampoco para describir
lo que tenía a solo unos metros de mis asombrados ojos, que, para darles
crédito, tenía que apartarlos de la pantalla y volverlos a través de la pared de
la nave que me parecía más real, más verosímil.
Dentro de aquella pequeña y clarísima
circunferencia en la que, a mi capricho y con solo mover aquel diminuto control,
podía traer y reducir todo un mundo, hasta en sus detalles más insignificantes y
ver a nuestro alargado continente nadar en una masa líquida que se desvanecía en
colores azul y rojo, hasta desaparecer sus contornos en un vacío infinito.
Aquel increíble espectáculo se grabó de
tal manera en mi mente, que muchas veces he despertado sobresaltado sintiéndome
en el vacío y atraído por aquella enorme esfera que una vez contemplé quizás sin
mi voluntad.
Cuando los hombres creyeron que era
suficiente y lo creyeron porque si me hubieran consultado les habría pedido que
me dejaran admirar aquello hasta saciarme; pero para ellos el tiempo contaba y
pronto metimos en grandes masas de nubes, algunas tan intensas que obscurecían
el interior de la nave.
Aquí recibí otra impresión
maravillosa.
Acabábamos de salir del obscurísimo
vientre de una negra nube cuando, intempestivamente, inundó la nave una luz roja
color sangre, vivísima, que cambiaba el aspecto de todo en el interior de la
nave.
Todo cambió de forma, las caras de los
hombres se ven huesudas y espectrales y la mía debe haber tomado también aspecto
terrible porque el pequeño hombre se apresuró a decirme que no tuviera temor
pues era el sol quien nos estaba dando ese color; pero a mí más me parecía estar
dentro de un potente y rojo reflector.
De repente cesó el movimiento o mejor
dicho la sensación de que íbamos a velocidades aterradoras.
Y quedamos suspendidos en el aire.
Ahora otra gran sorpresa no menos
agradable que la anterior.
Se trataba de un gigantesco disco color
negro, deslumbrante, enceguecedor. Giramos lentamente alrededor de él, como
reconociéndolo.
Los rayos del sol rebotaban en su pulida
superficie.
Estaba inmóvil, como dejándose husmear
por el ahora pequeño aparato que ocupábamos.
Por fin volvimos a quedar inmóviles
frente al gigantesco disco.
Vimos cómo se abría en la parte superior
una tapa de las mismas dimensiones que nuestra nave y también cómo esta se
empezó a deslizar dentro de aquel monstruo.
Se sentía perfectamente el roce en la
parte inferior, a nuestros pies, como si se fuera deslizando en unos
rieles.
Dejó de sentirse esta sensación; se
abrieron los tableros, dejándonos de nuevo en Libertad; los hombres se pararon
indicándome que los siguiera; se abrió la claraboya y por ella abandonamos
aquella parte de la nave.
La puerta de ésta estaba abierta y por
ella descendimos a una enorme bóveda en la que no había más columnas que las que
formaban el aparejo donde quedó ajustada nuestra pequeña nave.
Había dentro una iluminación intensa, sin
quedar al descubierto la fuente.
Más parecía que todas las superficies al
alcance de nuestra vista produjeran luz.
Los hombres se dirigieron más allá del
lugar donde había topado nuestra nave, donde una pared cortaba la
circunferencia, y yo tras ellos con una indiferencia que solo al recordarlo me
da escalofrío.
Poco antes de llegar a la pared, se
deslizó suavemente una sección como de metro y medio por lado.
Por allí seguirnos, encontrándonos ahora
en un espacio en forma de media luna.
Ocupaba la parte de enfrente o sea la
semicircular una especie de pantalla panorámica de cine, solo que intensamente
luminosa.
Al pie de la pantalla una mesa larga y
angosta, cubierta materialmente de instrumentos, entre los que sobresalían gran
cantidad de pequeñas, pero increíblemente visibles carátulas con diferentes
lecturas, destacaban también basta tres hileras de teclas, que semejaban las de
igual número de pianos dispuestos para un concierto y gran cantidad de
protuberancias completaban aquel maravilloso tablero, de instrumentos.
Junto a éste, tres voluminosos
asientos.
Estaba tan distraído observando todo
aquello, que no me había dado cuenta que estaba rodeado de gentes, que
completaban un total de ocho con mis amigos.
Les pedí perdón por mi indisculpable
distracción.
Ellos me contestaron que estaban
contentos de que dentro de su nave, que no era otra cosa el monstruo aquel,
hubiera algo que llamara mi atención.
Cuatro de los que estaban allí vestían
igual que mis amigos.
Los otros dos, indudablemente eran los
jefes, pues su porte y aspecto en general denotaban no solo más edad, sino una
mayor personalidad, sin contar con que el uniforme que vestían era de un color
marrón brillante que les daba un aspecto distinguido, una mayor jerarquía y,
como si esto fuera poco para diferenciarlos, bastaba observar la reverencia con
que los otros los veían.
Todo lo que me estaba pasando desde la
mañana en que bajamos del automóvil me parecía tan irreal que empezaba a sentir
una sensación de vaguedad de la que temía volver de un momento a otro y
encontrarme de nuevo en el coche.
Pero no era así.
Estaba vivo y bien despierto.
Los jefes de aquella nave me invitaron a
que permaneciera con ellos algún tiempo, pues, según me dijeron, sentían
verdadera satisfacción en tener a un hombre de mi raza como invitado.
Al lado derecho y frente a la enorme
pantalla había una hilera de camas, pues no creo que alguien de nuestra raza que
las viera fuera a pensar que eran otra cosa.
Naturalmente que se diferencian algo de
las nuestras; pero solo por su sencillez, pues las tales camas se reducían a
unos marcos como de metro y medio de largo y uno de ancho y dos pulgadas de
grueso.
El material de relleno era acolchonado,
poroso, suave y debía estar sostenido por alguna malla de material resistente y
poco elástico.
A lo largo de este marco y debidamente
espaciados había dos puños amuescados que, haciéndolos girar, la cama cobraba
posiciones diferentes, pudiéndose convertir en cómodo sillón, sin patas de
ninguna especie, pues el marco aquel estaba empotrado en la pared y por lo
tanto, convertido en sillón, quedaba colgado o suspendido.
Cumpliendo el ofrecimiento que me hacían
de hacer una demostración de cómo trabajaba aquella maravillosa nave, fueron
transformadas las camas, tomando asiento, mis dos amigos, los jefes y uno más de
los que estaban en la nave.
Los tres restantes se perdieron en los
monstruosos asientos, junto al tablero de instrumentos.
De repente se empezó a oír una especie de
silbido agudísimo y la pantalla se dividió en tres bandas a todo su largo.
La banda de en medio comenzaron a
recorrerla unas luces rojas, que empezaban en los lugares más inesperados y
morían siempre en un extremo, aumentando de grosor a la mayoría de las veces
antes de desaparecer.
Aquello me llamó la atención y pregunté
de qué se trataba a uno de los jefes, pues yo ocupaba un lugar en medio de
ellos.
Me explicaron que eran partículas
cósmicas, que una poderosa fuerza de repulsión que generaba la máquina apartaban
de nuestro camino, para que no causaran daño a la nave.
Aquello resultaba interesante, pues como
se cruzaban en diferentes direcciones, formaban figuras caprichosas que hubieran
bastado para tenerme entretenido varios días sin aburrirme.
Es indudable que había pasado mucho
tiempo, pues el estomago me lo estaba advirtiendo.
Inesperadamente, uno de los hombres que
nos acompañaba se paró y dirigiéndose al lado izquierdo de cada una de las
sillas haló una pieza que formaba parte de un largo y articulado brazo; luego se
dirigió al rincón del ángulo contrario al que ocupábamos y regresó con dos
pequeñas charolas, una en cada brazo.
Las charolas formaban un cuadro como de
seis pulgadas y estaban divididas en cinco hondas secciones, cada una repleta de
algo consistente, con un sabor tan agradable que me resultaba difícil
encontrarle parecido con algo que hubiera comido antes.
Pero no solo era de agradable sabor,
también resultaba reconfortante en grado sumo.
Poco después de comer estos alimentos,
sentí una agradable satisfacción de reconfortante optimismo que borraba de mi
mente todos mis problemas y mis preocupaciones.
Los ojos se me cerraban.
Naturalmente, esto tenía
explicación.
La noche anterior casi no había dormido,
había manejado lo menos trescientos kilómetros.
Luego, las diferentes emociones por las
que había pasado y, si esto fuera poco, ahora estaba dentro de una fantástica
nave rodeado de gente extraña.
Extraña sí; pero que hacía sentirme el
hombre más importante de la tierra.
Derrochaban amabilidad y gentileza, como
si en verdad se sintieran obligados conmigo.
Y, por qué había de negarlo, me hacían
sentir abochornado e insignificante.
Por fin, no lo pude evitar por más
esfuerzos que hice y por más que me resistí, el sueño me venció y no supe
más.
Cuando me despertaron, yo estaba
transformado, aunque no había cambiado de posición ni de lugar.
Todo lo que llevaba encima había
desaparecido.
Ahora mi cuerpo se cubría con un uniforme
parecido al de ellos, solo que sin cinturón.
Faltaba también la cinta del cuello, así
como los zapatos.
Los que tenía puestos, eran una especie
de chanclas de una sola pieza, que cubría hasta los tobillos.
Llevaba también un pantalón, tan ajustado
como el de un torero.
Lo sentía materialmente adherido al
cuerpo, pero sin estorbarme lo más mínimo.
Lo que me cubría de la cintura para
arriba semejaba un sweater de los que se ponen por el cuello.
Las mangas llegaban a las muñecas y el
cuello cerrado y ajustado me llegaba a la manzana.
No tenía ninguna de aquellas prendas, ni
cierres, ni botones, ni bolsas, ni se les notaba unión de ninguna especie.
El material era grueso, pues en algunas
partes lo sentía por lo menos como de una pulgada.
De una frescura incomparable, me daba la
sensación de estar desnudo.
Los hombres, ante mi extrañeza, me
explicaron que se habían tomado esa libertad por serme absolutamente necesaria
para protegerme.
Habían intentado despertarme, pero no lo
habían logrado.
Y lo que sí lograron fue apenarme, porque
eso de cambiarme de ropa sin enterarme era el colmo; pero sí lo creí, pues
recordé que una vez, siendo niño todavía, unos amigos me habían bajado de un
auto y colocado recargado en un árbol.
Por qué no creer lo que ellos
aseguraban.
Además, no teníamos tiempo para perderlo
en nimiedades.
Los hombres me despertaron, para que con
mis ojos viera el espectáculo maravilloso que poco después se me iba a
ofrecer.
Me indicaron que no despegara la vista de
la pantalla, para que no perdiera detalle alguno.
Efectivamente, poco después apareció una
bolita del tamaño de una canica.
Se veía completamente diferente a todo lo
que cruzaba la pantalla con rapidez vertiginosa.
Esta no cambiaba de lugar y solo iba
aumentando de tamaño.
Ahora era del tamaño de una pelota de
golf.
Parecía maravillosa y venía hacia
nosotros, en línea recta.
Más tarde llegó a tener el tamaño de una
pelota mediana.
No cambiaba de color y era de un rojo
reverberante, como una bola de brasas de carbón.
Después del tamaño de un balón.
No había cambiado de lugar y si la cosa
seguía como hasta ahora, amenazaba con invadir toda la pantalla.
Ya casi no cruzaba ésta otra cosa.
¿Sería que aquella bola me estaba
obsesionando y no separaba de ella mi vista? Empezaba a sentir temor.
Todos los que permanecían a bordo también
lo sentían.
Se les veía en la cara.
También estaban atentos y creo que
preocupados.
Nuestro objetivo tenía ahora lo menos un
metro.
Traté de pararme.
Los dos jefes, al mismo tiempo, me
indicaron que me estuviera en mi asiento quietecito; pero nadie hacia nada por
evitar la terrible colisión.
Yo los miraba, desesperado; pero no me
daban importancia.
La fantástica bola aquella ya casi cubría
la pantalla de en medio.
Traté de nuevo de pararme y esta vez
sentí la presión sobre mis piernas de dos pequeños pero poderosos brazos.
El hombre que tenía a mi derecha me dijo
que no corríamos ningún peligro, que estábamos entrando en otro mundo, al mundo
en que ellos vivían y que lo que ahora estábamos viendo solo era una capa
atmosférica que los cubría.
CAPITULO
4
Lo inevitable llegó. La bola cubrió
las tres pantallas. Empecé a sentir un calor sofocante; pero solo yo, los demás
estaban inmutables y lo atribuí a mi estado nervioso.
Habíamos logrado superar la peligrosa
sensación de choque. Ahora la pantalla inferior se cubrió de cuadros pequeños,
divididos por canales profundos y rectos.
Los cuadros empezaron a crecer, ya se
distinguían mejor. Estaban cubiertos de algo que parecían arbustos y sobre los
arbustos había algunas otras cosas.
Acabábamos de pasar algunos, donde se
distinguían naves como la pequeña que llevábamos dentro. Ahora uno donde estaba
aquella que cubrió todo el cuadro.
Empezamos a descender en forma vertical.
Fuimos derechos a uno de los cuadros, como se ve perfectamente en la pantalla de
abajo. Todo el mundo se para y nos disponemos a salir.
Se abre la puerta de la cabina. A nuestro
lado izquierdo hay una columna gruesa, pegada a la pared, que no la había visto
cuando entramos.
Gira una sección, quedando al descubierto
una escalera de barrotes semicirculares.
Los jefes se adelantan. Baja uno, luego
el otro. Se pierden en la columna hueca. Mis amigos indican que los siga.
Aquella operación me recordó el descenso
en paracaídas. Pongo un pie en un barrote y, al sujetarme con las manos al que
estaba delante de mí, empezó a descender suavemente como un elevador, y no paró
hasta el piso, cinco metros más abajo de la pared inferior de la nave.
Estamos bajo la panza de ésta y,
efectivamente, es negra y brillante. A mi alrededor está lleno de pequeños
árboles, todos cubiertos de frutas.
Se respira fragancia. Entre los árboles
hay unos postes gruesos de metal, también negros.
En ellos descansa nuestra nave.
También hay unos pasillos en todas
direcciones, que tienen, por lo menos, medio metro sobre el nivel del piso y al
pisar suena a hueco.
Los árboles no miden más de dos metros de
altura; pero son frondosos.
Sus ramas pelonas no tienen hojas, ni el
piso se ve con hojas tiradas.
Sus ramas son bastante gruesas y no
guardan proporción con el tronco.
Estas tienen abundantes frutas cada
una.
Toqué una y me dio la sensación de tener
una cáscara sumamente delgada.
El fruto era blando, como cuando está
maduro.
Cada árbol estaba sostenido por el
tronco, con cuatro brazos que vienen desde el piso, abiertos en ángulo como
patas y cerrados en el tronco, pegados a dos medias canales que abrazan el
árbol.
Examiné la tierra pero no tiene parecido
con la nuestra.
Parece polvo de algo como hule molido o
arenilla fina.
Era negra y estaba húmeda, sumamente
húmeda; pero no de agua sino de un líquido viscoso.
Mis amigos aseguran que efectivamente no
es tierra sino un producto químico, y que los árboles no se sostienen con las
raíces, sino que éstas les sirven tan solo para alimentarse.
Me aseguran también que estamos en una
azotea y ésta es un tanque para contener todo el material con que alimentan su
fruticultura.
Seguimos por un pasillo hasta el borde,
que es un barandal grueso.
Miro hacia abajo y me doy cuenta de que
lo que yo creía que eran canales resultan calles.
Allá abajo se mueven varios vehículos y
junto a las paredes hay gran cantidad de gente, todos alineados en orden.
No se encuentran, ni se tropiezan.
Si levanto la cara encuentro algo
verdaderamente asombroso: una bóveda altísima y continua, que no se ve dónde
puede acabar.
Mis amigos dicen que cubre todo su mundo,
pero no es solo eso, sino que despide rayos luminosos en todas direcciones.
Me siguen explicando que se trata de una
capa de nubes espesas, a las cuales han mezclado substancias que, al recibir los
rayos del sol, absorben el calor y la luz, la pasan multiplicándola y con ella
se alumbran.
Me aseguran que no tienen noches.
El clima es bochornoso y me empieza a
faltar el aire.
No es suficiente el que respiro.
Me siento mal, me estiro el cuello de la
camisa aquella y cede.
Es elástica, pero no logro
compensarme.
La cara me arde.
Creo que voy a desmayarme y me apoyo en
el barandal.
Los hombres que me estaban cuidando
esperaban esta reacción y ya venían prevenidos; me ofrecen un trozo como de goma
grande del tamaño de un habano y me dicen que lo chupe como para fumarlo.
La reacción es notable.
En cada chupada recobro las fuerzas hasta
sentirme normal.
El cuello de la camisa de nuevo me
oprime, pero ya no me molesta.
Bajo aquella monumental bóveda se ven
infinidad de naves como la que traemos dentro, muchísimas como la grande y todas
negras.
Se cruzan rápidas a diferentes
alturas.
Noto que, según la dirección que llevan,
es la altura a la que operan.
No solo hay naves de esta forma.
También las hay tubulares, de varios
tamaños, largas y gruesas; las hay esféricas y también éstas de diferentes
dimensiones. Parecen globos de cristal. Sobre nosotros pasa una que semeja una
pera o huevo.
La tenemos a poca altura y se desplaza
con lentitud. Me aseguran que también es nave transporte. Una cosa llama la
atención: a pesar de la velocidad y profusión de vehículos, éstos no chocan.
Frente a nosotros descendía una nave gigantesca y, al cruzarse con una pequeña,
ésta se desvió con rapidez asombrosa.
Creo que los tripulantes no
intervinieron. Inquiero, y me explican él fenómeno, todas las máquinas tienen
fuerza de repulsión, y la que imprudentemente meten en la ruta de otra, ésta la
rechaza como una pelota.
Caminamos por el pasillo junto al
barandal, hasta llegar a un ángulo de la azotea. Allí están los elevadores
dispuestos a todo lo largo de ese lado.
No son, del tipo cerrado como los que
conocemos, sino que tienen tres caras cubiertas por una rejilla maciza y
rígida.
En esta rejilla nos recargamos de
espaldas.
Yo bien sujeto con las manos; pero
justamente donde me apoyo están los controles.
Me pregunta uno de los jefes si tengo
hambre y, a fe mía, que no la sentía, ni siquiera me acordaba; pero le contesté
que sí.
Porque da la casualidad que este edificio
es un comedor comentó riéndose.
Efectivamente, al descender parábamos en
cada piso; pero todos estaban llenos de gente.
Seguimos descendiendo.
Por fin, en uno descubrimos varios
lugares vacíos y saltamos al piso.
Reinaba una gran armonía en todos los
movimientos de la gente.
No se estorbaban ni cuchicheaban.
Cada uno llegaba, cogía su alimento, se
sentaba, lo terminaba, regresaba la charola vacía y se retiraba.
Me di cuenta que la pared frontal a la
que ocupábamos al descender, también estaba cubierta de elevadores.
Y las dos restantes convertidas en
alacenas circundantes, cubiertas de charolas, iguales a las que usamos en la
nave.
El piso de este local estaba cubierto de
pequeñas sillas, que se completaban con una plana reversible en la que se
colocaba la charola.
¡Pero qué barbaridad! Ahora los alimentos
me supieron mejor.
Mis arnigos me ofrecieron una ración
doble y comí hasta quedar satisfecho.
Fueron diez sabores distintos, pues todos
son diferentes.
También pude observar que las charolas
eran de muy variados colores tanto que me cansé de contarlos y los hombres me
aseguraron que cada color tiene cinco sabores diferentes, lo que da por
resultado millares de sabores; pero, eso sí, todos tienen la misma
consistencia.
Las cucharillas que usan tienen cierto
parecido con nuestras palas planas, ligeramente curvas y son muy diminutas.
Las gentes que vi en este edificio no
medían más de un metro.
Todos diminutos, pero bien
proporcionados.
Todos llevan ropa igual a la que me
habían puesto, de colores diferentes.
En este mundo de clima acondicionado hay
una continua orgía de colores, a donde quiera que uno dirija la vista.
Hombres y mujeres visten igual y de
frente se distinguen solo por las formas propias de la mujer.
Al hablar, su voz es reposada.
No así la de los hombres, que es bronca y
hasta cierto punto desagradable al oído.
Todos tienen el pelo platinado y ondulado
y a todos les cae sobre los hombros.
También es general el color verde de los
ojos y el marfileño de su piel.
Mis amigos me explicaron que la raza es
pequeña porque así lo quieren ellos, ya que el proceso es científico.
En cuanto al color de su piel, pelo y
ojos, se debe al clima que impera en ese planeta.
En el comedor habíamos quedado mis dos
primeros amigos y yo.
Las demás personas nos habían abandonado,
pues tenían que rendir sus informes y reportarse.
Nosotros nos dedicamos a fisgar
libremente.
Resultaba maravilloso estar entre tantos
muñecos humanos, a los que yo les debo parecer un monstruo.
Abandonamos el comedor por el mismo
elevador y llegamos a lo que sería el entresuelo.
Este piso está totalmente vacío.
La gente cruza por ellos.
De calle a calle no hay puertas.
Las dos paredes frontales que no tienen
elevadores se componen de una serie de entradas en forma de arco y al centro hay
dos más espaciosos que el resto.
Por allí cruzan vehículos, hay muchísima
luz, pero no se descubre la fuente.
Se podría decir que las paredes la
producen.
Caminamos sobre un piso amortiguador, que
está pulido como un metal.
Salimos rumbo a la calle y al llegar al
paño nos detenemos.
Las banquetas circulan a una velocidad
moderada.
Están divididas en tres bandas, dos se
mueven en direcciones opuestas y la de en medio está muerta.
La gente cambia con agilidad de una en
movimiento a la muerta y de ésta a la que viene en sentido contrario, o entra en
un edificio.
Las fachadas son lisas, no tienen
ventanas de ninguna especie, lisas por completo.
Sus hermosos colores parecen de vidrio o,
mejor dicho, espejos, pues la imagen se refleja con nitidez.
Se nota la unión del material en cada
piso; pero solo a todo lo largo.
Cada edificio es de un solo color.
Así se diferencian.
No hay letreros de ninguna especie.
Los comedores por ejemplo son azules y
los encuentra uno cada cuatro manzanas.
El arroyo de la calle es ancho, se divide
al centro por una angosta media caña, lo cubre una especie de tiras de metal,
una angosta y otra ancha, la angosta de color amarillo y la ancha de color
marrón oscuro.
Solo descubro dos tipos de vehículos, de
piso, dijéramos, ya que no podemos decir terrestres.
Son un tipo pequeño, individual, para una
persona.
Este va provisto de dos rodillos.
No coinciden con la idea que nosotros
tenemos de la rueda bien proporcionada, pues son chaparros y anchos.
En ellos va solo una persona, pero los
hay que tienen tres rodillos.
En los primeros hay un asiento con
respaldo y sobre la rueda delantera solo hay un manguito no mayor que la mano de
uno de ellos.
Se opera como un manubrio.
En los segundos el asiento es ancho y
también lleva respaldo y apoyo para los pies.
Al igual que los otros, se opera con el
manguito.
Este tipo de vehículos los ve uno
abandonados en casi todos los edificios, en el entresuelo, y cualquiera los usa
y los abandona cuando le da la gana.
En los de tres rodillos van generalmente
parejas, hombres y mujeres.
Los ve uno circular a buena velocidad y
generalmente sobre las franjas angostas.
El otro tipo de vehículo de piso le
podíamos llamar el colectivo.
Semejan armazones de edificios pequeños a
medio terminar.
La mayoría tiene diez pisos, aunque los
hay que tienen menos.
Este tipo de transportes resulta raro,
pues no baja y sube a una persona, sino que deja y recoge pisos enteros.
Y como me pareció interesante el sistema
voy a tratar de describirlo en todos sus detalles pero para eso primero veamos
cómo son las calles, para que lo comprendamos mejor.
Estas suben y bajan formando pasos a
desnivel en cada esquina, por lo que siempre pasan los vehículos cada dos
cuadras bajo un puente y se usa el hueco de este para alojar las plataformas que
reciben el pasaje.
Ahora veamos cómo son los vehículos que
caminan como a un metro de las banquetas y ya que hablamos de ellas,
completaremos su descripción: corre a todo su largo, separándola del arroyo de
la calle un barandal rígido y en lo que podía ser la guarnición está abierta la
interminable boca de un colector succionador, que se encarga de chupar el
polvillo que pudiera producir en el piso el continuo rodamiento de los
vehículos, único desperdicio admisible en ese mundo, donde se advierte limpieza
absoluta.
Son, como ya dije, armazones que van
sentadas en una plataforma que les sirve de base.
Esta a su vez descansa en varias hileras
de rodillos.
Generalmente tiene cada hilera cinco
fuertes rodillos y completan hasta diez hileras.
Este es el armazón viajante y,
exactamente como él, hay dos en cada parada.
Están sin rodillos y formados uno detrás
de otro.
Ahora trataré de describir el
complemento, o sea donde se sienta el pasaje.
Es una caja que tiene hasta diez asientos
corridos en los que caben cinco o seis personas.
Naturalmente, pequeñas.
Cada caja es todo un mecanismo.
El vehículo llega a su parada y se ajusta
con precisión de milímetros, paralela a la primera armazón fija.
Se oye un golpe seco y despide una
sección hacia dicha armazón fija.
Camina unos metros más hasta ajustarse
con la siguiente sección y recibe otra caja repleta de pasaje.
Decían antes que cada una de estas cajas
es todo un mecanismo, porque los asientos están montados sobre una banda que en
cuanto está dentro del armazón fijo empieza a girar, poniendo cada asiento al
alcance de un tipo de escalera de barrotes, automático.
La gente usa tanto las escaleras
elevadores, como los asientos, con suma facilidad. Dichos elevadores conducen a
unos pasillos subterráneos y, para abordar uno de estos vehículos, la operación
se hace a la inversa.
No hay conductores ni motoristas. No usan
troley. Tampoco van sobre vías y sin embargo son tan exactos en sus paradas, que
pienso que si una inteligencia los maniobrase, no lograría más exactitud.
Va uno detrás de otro, algunas veces en
línea cerrada. En determinados lugares alcanzan velocidades hasta de setenta o
más km/h. Circulan siempre sobre dos de las franjas angostas. La luz en las
calles provienen del cielo o capa celeste.
No es tan viva como la que gozamos
nosotros de día; más bien se parece un poco a la que reina en nuestro mundo al
amanecer y se ve brotar de miles de lugares a la vez, como rayos del sol,
pasando a través de nubes blancas y plateadas que forman un infinito
reflector.
Mis amigos me habían dicho que no tenían
luz artificial en las calles y que tampoco tenían noches y el hecho de que
ningún vehículo traiga medio alguno para producir luz parecía comprobar lo que
ellos aseguraban.
Pero dentro de los edificios, es algo
sorprendente la intensidad de la que allí se usa, pareciendo manar de paredes y
techos.
Salimos a caminar porque, aunque las
banquetas se mueven, la gente siente placer en usar sus pequeñas piernas y nadie
se deja llevar.
Al contrario, parece que algunos se
divierten saltando de banqueta en banqueta; pero yo caminaba torpemente y mi
única preocupación era no pisar a alguien, que no me lo hubiera perdonado. Es
admirable el cambio que se opera dentro de mi ser.
Siento la mente despejada y un gran poder
de observación.
Asimilo con facilidad lo que ellos me
explican y experimento tal grado de despreocupación, que casi olvido que tengo
que volver a mi mundo, aunque mis amigos ignoran cuándo.
Ni siquiera me había dado cuenta que ya los dos hablan el español y solo me volví a la realidad al ver mi desproporción con todos los seres que me rodeaban, no solo en la estatura, sino también en fealdad.
CAPITULO
5
Desde que estuve por primera vez en
una de sus azoteas huertos, encontré algo que llamaba poderosamente mi
atención.
Se trataba de unos edificios que, aunque
son similares a los otros, solo es así hasta la altura media y de ahí suben en
forma circular a una altura quizá de doscientos metros, terminando en forma de
cúpula, redonda y lisa.
Esta prolongación es de color negro
brillante, el mismo de las naves circulares, como la que nos transportó a aquel
mundo de maravilla.
Las hay en profusión, pues solo los
separan cuatro edificios, para donde quiera que uno cuente, o sea que cada uno
de ellos está situado entre un grupo de veinticuatro manzanas de edificios.
Son los únicos que tienen señales o
guías, pero estas guías, según el decir de mis amigos, solo marca el número de
zona que se controla desde él.
Mis amigos me aseguraron que dichos
monstruos eran los edificios más importantes, pues desde ellos se lleva la
administración del grupo que los rodea, entre los que hay comedores,
dormitorios, cinematógrafos, salas de juego, salas de sonido, laboratorios para
la preparación de alimentos, central médica, fábrica de ropa y laboratorio de
aseo para la misma.
Controla la distribución de ropa y
alimentos, el clima e iluminación de su grupo, y todo esto en forma
automática.
Me aseguraron también que desde sus
cúpulas se mantenía comunicación constante con naves y edificios.
En sus torres se captan sonidos que
provienen de todo el universo.
Se estudian, clasifican y
materializan.
Desde sus cúpulas se mantiene la forma y
altura de su bóveda atmosférica y se controla el clima fuera de los edificios,
se atiende a su conservación, y, como si esto fuera poco, en cada uno de ellos
hay un archivo vivo en el que se puede investigar su pasado, ver el presente y
la gestación del futuro.
Puede uno ver, sin salir de ellos,
procesos de construcción de edificios, fabricación y montaje de toda clase de
vehículos aéreos y terrestres, la preparación desde un principio de su
alimentación y vestido.
Se usa un sistema maravilloso de
autosonovisión, valga la palabra, ya que se puede manejar el espectáculo a
voluntad.
Hay en cada una de sus salas, en las
paredes, unos visillos que se controlan con manijas situadas a cada lado de la
abertura.
En estas se apoya toda la mano, quedando
el dedo pulgar sobre un botón.
Al igual que las salas de cinematógrafo,
da una sensación de profundidad increíble, posesionándose de uno la idea de que
está viendo realmente hombres, materiales, máquinas y su proceso.
Con dichas manijas se hace pasar el
espectáculo a derecha e izquierda, o se detiene lo mismo que si uno estuviera en
un vehículo recorriendo esa zona, y para ello basta apretar dichos botones.
Como juzgo de interés lo que en] algunas
de ellas vi, voy a tratar de describir estas interesantes impresiones:
Empezaremos por algo que todos conocemos, las llantas de un vehículo
cualquiera.
Esto es cosa de su pasado, pues en la
actualidad tienen un piso con la tersura de un espejo y usan un sistema
diferente de rodada.
Pero, como digo, usaron un tipo de llanta
muy parecida a la nuestra, aunque el principio de fabricación era
diferente.
Nosotros en cuestión de transportes tanto
terrestres como aéreos hemos avanzado en velocidad, pero no en seguridad.
Lanzamos un automóvil a más de doscientos
km/h y dejamos el resultado a expensas de la suerte, pues vamos montados en
cuatro llantas sostenidas por núcleos de aire, y sabemos por experiencia que no
solo a esa velocidad sino a un tercio de la misma si intempestivamente una de
esas llantas perdiera el aire que la sostiene, la vida solo depende de la
suerte.
Pues bien, ellos no jugaban con su vida
ni la dejaban a la suerte, por lo tanto buscaban la seguridad en algo confiable,
la solidez de un material.
Y sus llantas de todos los tipos estaban
construidas bajo ese principio.
Y como ví todo el proceso de fabricación,
estoy en condiciones de describirlo.
Espero, en este caso, que logren
entenderme, pues resulta tan raquítico mi vocabulario, que no sé si logre
expresarme debidamente.
Empezaremos por el núcleo, o sea lo que
en las nuestras representa el aire a presión, que es la base para una llanta
confiable.
Para lograr esto, fijemos en nuestra
mente un molde para ese núcleo como si en él quisiéramos alojar una de nuestras
llantas.
Dicho molde está abierto en su parte
superior.
Además, está dividido en su parte
longitudinal, en el centro, formando así dos secciones iguales que se podrán
abrir para desalojar el núcleo una vez construido.
Las dos paredes que forman el molde,
están cubiertas de perforaciones en toda su extensión.
Dicho molde gira en una máquina y en su
hueco se enrolla el material que lo formará.
Este material lo vi de tres tipos, a
saber: una manguerita o tubo de igual diámetro que un lápiz.
Allí era de un plástico especial, pero
bien podía ser del hule que conocemos.
El tipo que le seguía, era la misma
manguera, ahora reforzada con fibra, por lo que tenía mayor resistencia, y le
seguía otro de un material no hueco pero tampoco sólido.
Era un cordel o soga del mismo diámetro
que los anteriores.
Estaba construido de fibras quizás de
henequén, lechuguilla, jarcia, o cualquier otro material fibroso, torcido
naturalmente y tratado químicamente, para que acepte una envoltura, allá de
plástico, aquí de hule, al igual que las fibras que forman el casco de nuestras
llantas.
Pues bien, una vez lleno el molde con ese
material, naturalmente siempre con la misma tensión, cantidad y peso, entra con
todo y molde al proceso de cocimiento, con objeto de lograr una unidad compacta
que no se deshaga al retirarla del molde.
Cuando está terminado el núcleo, ambas
secciones giran en sentido inverso sin retirarse del material y así es cómo se
despegan del núcleo sin deteriorarlo.
Logrado lo anterior, tenemos ya la base
para una buena llanta semisólida y confiable.
Después de esta pasamos a la construcción
de una malla de metal, que se encargará de aumentar su resistencia y conservar
su forma.
Hay una máquina que teje dicha malla de
la circunferencia exterior de nuestro núcleo y, conforme se teje, van entrando
en ella dichos núcleos, acompañado de un espaciador que contiene una ranura en
la mitad de su extensión.
Esta es necesaria porque en su camino
pasa por una cortadora circular, que se encarga de dividir en cada núcleo solo
el material necesario.
Poco después de cortada la malla, los
núcleos se separan de los espaciadores, siguiendo éstos un camino y entrando los
primeros en unos canales que se profundizan cada vez más hasta lograr que dicha
malla se adhiera a las paredes laterales, formando una abertura fija y
segura.
Luego pasan a recubrirse del material que
formará el piso, en nuestro caso hule; después a los moldes que les marcará el
dibujo de rodamiento.
Ellos las usaron lisas, pero sigamos con
el proceso.
Una vez terminada nuestra llanta de esta
manera, no la podremos montar en nuestro tipo actual de ruedas, que son hechas
para usarlas con cascos vacíos y poner presión después de ser montadas.
Pero podemos usar con ventaja el
procedimiento que ellos usaron o sea dos discos de lámina de buen espesor,
troquelados con la forma de la llanta y unidos por el centro sobre ella
terminada, concluyendo con los agujeros necesarios para cualquier tipo de
automóvil.
Podríamos reemplazar con unidades
completas de este tipo nuestro actual e inseguro sistema de rodada.
Como ven, esos discos se pueden terminar
con la mayor belleza, que lo haga dignos del automóvil más fino.
Tiene este sistema algunas ventajas y la
principal es el recambio, desgastadas por recubiertas.
En nuestro mundo esto resultaría toda una
industria.
Ellos ahora usan motores en forma de
rodillos que trabajan a la inversa de los nuestros.
Nosotros hacemos rodar el centro o masa
embobinada.
Ellos, la cubierta o portacampos, y fijan
el eje.
Como ustedes ven, no es mucha la
diferencia en este aspecto.
Ahora pasemos a sus naves aéreas.
Ellos me habían asegurado que el
principio que nosotros usamos para volar no es el debido, pues nuestras naves no
solo son frágiles e inseguras, sino que dependen de combustible para su
propulsión, que además de aumentar su volumen reduce su radio de acción.
Que debemos buscar la forma de construir
máquinas que usen las fuerzas que nos rodean, que son vastísimas.
Que elles, en cada nave, traen pequeñas
pero poderosas fuentes de energía.
Que aprovechan el calor al igual que el
frío, la luz lo mismo que la oscuridad, líneas magnéticas al igual que tormentas
eléctricas.
El principio de sus maquinarias, en todas
sus naves, es el mismo y solo varía su disposición.
Trataré de descubrir el proceso de
construcción de una nave circular pequeña, o sea la que comúnmente se la llama
en nuestro mundo platillo volador.
Lo primero que vemos es la base o sea la
parte inferior.
Viene en bruto.
Se ve la enorme circunferencia hueca: se
ven también sus tres cavidades, donde recibirá las huellas de sustentación.
También trae cinco bases que alojarán
otras tantas chumaceras selladas, maravillosas por cierto, a las que les
inyectan un material líquido, no natural, producto de laboratorio muy parecido
al estaño.
Cada chumacera alojará el extremo de un
eje vertical.
En esta habrá cinco de ellos y en cada
uno rodarán volantes grandes y esbeltos unidos a otros pequeños.
En tres de estos ejes, están alojados
cinco de los grandes volantes; en los dos restantes solamente cuatro.
Dichos volantes grandes terminan en
ángulo agudísimo, que se alojará en una ranura del mismo diámetro en que está
convertido el volante pequeño.
Esa parte aguda de que hablo está
cubierta de pequeños círculos, que muy bien pueden ser bobinas, pues los
pequeños que los alojan están cubiertos a su vez de barritas, dispuestas en
ángulo a su alrededor.
A esta operación sigue la colocación de
las fuentes de energía, que serán también cinco y tienen la forma de un
recipiente para asar pavos.
Todo está debidamente unido.
Ahora sigue la escala interior en forma
tubular.
Va alojada entre dos series de volantes y
ya todo dispuesto de esa manera, colocan la tapa central.
Llega entre cuatro patas motorizadas que
giran, suben o bajan, a voluntad de los operadores.
Esta tapa trae a su vez las chumaceras
debidamente colocadas y embona perfectamente en ejes, escala y parte inferior de
la nave.
Ya tenemos el cuarto de máquinas que
impulsará esta nave.
Aunque esta es la parte más laboriosa,
todo se ejecuta con precisión y facilidad.
La misma máquina que traía la tapa
central alza ahora todo el conjunto, y así facilita la colocación de las boyas
de sustentación.
Estas tienen que ser fijadas con
precisión, pues cuando no son necesarias giran perdiéndose en sus cavidades,
dejando una superficie continua con el resto de esta parte de la nave.
Estos aparatos cuentan con dos tipos de
escala, la circular que puede descender por abajo de la nave y otra cortada en
la parte inferior de ésta; pero que coincide con la anterior, que es la que
lleva a la parte alta de la nave convertida en cuarto de controles.
La parte superior, que también llega en
una grúa de cuatro patas motorizadas, al igual que la tapa central, trae su
cuello o corona, como le queramos llamar.
Este cuello tiene ventanillas redondas a
su alrededor, sube y baja a voluntad, y al bajar deja al igual que las boyas de
sustentación una superficie lisa prolongando la forma de la nave, oblonga si la
vemos de perfil.
Estas ventanillas no son de observación
directa, sino pantallas captadoras para diferentes usos.
Y ya está terminada la nave.
Vemos entrar a los técnicos que lo
pondrán a funcionar todo; pero falta lo más importante.
Aquí la nave se mueve ya a voluntad de
sus tripulantes.
Sube, baja, acciona de diferentes maneras
y a diferentes ángulos, pero está inerme.
A través de nuestro punto de observación
o mirilla, la seguimos en sus movimientos y la vemos acercarse a otro
departamento, donde hay una especie de tinacos tubulares de una capacidad de
doscientos litros aproximadamente.
Uno de estos se separa del grupo y va al
encuentro de la nave, que se acerca a poca altura hasta quedar sobre dicho
cilindro.
Todo se ha movido sin la intervención
directa de hombres.
Desciende lentamente la nave hasta dar la
sensación de haberse tragado el cilindro.
Cuando de nuevo se levanta, ya lo lleva
en su vientre y solo queda en el piso la pequeña plataforma en que se movía
aquél, regresando ésta lentamente a su departamento.
Se imaginan qué era este cilindro? Pues
nada menos que una arma terrible que puede desintegrar todo, absolutamente todo,
a cualquier distancia concebible y produce además vibraciones capaces de
deshacer edificios en solo unos minutos.
El grueso de las paredes de la nave,
tiene más de diez pulgadas.
El material es transparente, teniendo
mayor visibilidad la parte inferior en la que, en algunos casos, se ven girar
los volantes de sus maquinarias, y son estos volantes los que producen
luminiscencias que aumentan o disminuyen de intensidad según la zona en que
operan.
Estos volantes giran a diferentes
velocidades y son los inferiores los más lentos.
Nuestra nave, a la que le hemos seguido
los pasos, está semi terminada y ahora solo falta pulirse.
Para este proceso final la vemos flotar
suavemente y hacer rumbo a otro departamento, hasta llegar y situarse en el
centro de una gigantesca máquina, provista de una serie de discos que giran a
grandes velocidades, moviéndose en todas direcciones hasta cubrir totalmente Ia
nave, haciéndola desaparecer de nuestra vista.
Cuando termina esta operación, nuestra
nave está flamante y lista para entregarse a toda clase de pruebas.
Sale al espacio libre y se la hace
evolucionar de manera increíble.
De acuerdo con nuestra mentalidad, solo
viendo estas maravillas las puede uno creer.
Las naves tubulares tienen dispuestas dos
series de volantes a todo su largo y llegan a tener, según la longitud, hasta
veinte de ellos de cada eje y de grandes dimensiones.
Una de las características de esas naves
es, según mis amigos, a los que pregunté si no perdían algunas en sus
incursiones a otros planetas, fue que han perdido algunas, pero que las hacen
estallar cuando están dañadas siempre en el mar, después de recoger a sus
tripulantes, con el objeto de evitar que los restos caigan en manos ambiciosas,
y en todas, absolutamente en todas, su maquinaria la forman volantes de
diferentes diámetros según el tamaño de la nave.
Creo que ese será al fin el principio que
nosotros usemos para propulsar vehículos independientes; pero hay una cosa
notable que puede servir de dato a nuestros sabios y es ésta: Según el tamaño de
la nave es el número de volantes el diámetro de estos y el número de fuentes de
energía.
Con el antecedente que el tamaño de esas
es pequeño, como dije antes, no mayor que un recipiente para asar pavos y la
parte exterior o tapa está recubierta de pequeñas perforaciones.
CAPITULO
6
Ahora, siguiendo la narración, vamos
a dar un vistazo al proceso de preparación de sus alimentos.
Lo vamos a dividir en dos partes, porque
así es, efectivamente, pues resultan independientes, o sea que una de las
materias primas viene del mar, la otra de las azoteas-huertos; pero derivan al
mismo lugar o sea a los laboratorios.
Empecernos por el mar: son grandes
fábricas flotantes y cada una de ellas cuenta con corrales formados por mallas
que las circundan a gran profundidad; pero hay un lugar del que rara vez se
alejan los enormes peces.
Viene a ser algo así como un abrevadero
para las bestias en nuestro mundo, solo que aquí se trata de una zona
oxigenadora.
Y es aquí donde atrapan a los peces para
su estudio y alimentación.
En esta misma zona les sirven alimentos
que se componen de dietas especiales, que debe darles un magnífico resultado,
pues no creo haber durado menos de una hora observando esa maniobra desde una de
las mirillas del edifico y no vi que llevaran al sacrificio a un solo pescado
que midiera menos de dos metros y sí los vi de más de cuatro.
Tampoco los vi de diferentes formas,
digamos, tiburones, mantarrayas u otras especies.
Todos los que vi manipular tenían la
figura de un salmón gigantesco de carne blanca y sugestiva.
Estos enormes pescados pasan por todo un
proceso que me pareció maravilloso, que termina convertido en harina
impalpable.
Y ya tenemos una de las materias
primas.
La otra materia viene como ya dije de sus
azoteas-huertos.
Pero expliquémoslo.
Ellos han desarrollado un tipo de fruta,
la que generalmente es redonda y no mayor que una naranja pequeña como la papaya
y el miguelito y todas las frutas carnosas, pero sin fibra.
Sus envolturas son delgadas como la de
las ciruelas y no tienen hueso.
Ellos me lo aseguraron antes de
comprobarlo yo.
El proceso de esas frutas termina también
en harina impalpable.
Ambas materias son de nuevo convertidas
en líquidos, para ser transportados por tubería hacia los laboratorios y de ahí
a los lugares de aprovechamiento.
Y fue también en un edificio de estos
donde vi el proceso de construcción de sus edificios.
Me habían asegurado que en aquel mundo
había más individuos de mi raza y, llegábamos a recabar informes de ellos,
cuando al entrar me di cuenta que el edificio estaba creciendo o despegándose
del piso.
Me explicaron que solo estaba aumentando
pisos, que eso lo hacían a la inversa de nosotros, cosa por demás lógica, pues
ellos usan sus azoteas como huertos y campos de aterrizaje.
Para que viera el procedimiento al
natural me llevaron al sótano que es donde se lleva a cabo la operación.
Me di cuenta que dicho sótano no es más
que una calle subterránea por la que transita un tipo especial de vehículos que
sirven para mover materiales dedicados a la construcción, y es por estos sótanos
por donde corren gruesas tuberías negras, por las que transportan alimentos,
ropa y todo lo necesario para el uso de sus habitantes.
Pero sigamos con el edificio.
A todos los sótanos los atraviesan unas
columnas como de veinte pulgadas de grueso y son estas las que forman el armazón
de los edificios.
En el lugar en que nosotros estábamos
está todo listo para aumentarlo.
En cada una de las columnas está colocado
un gato, que tiene la forma de media caña y abrazada la columna, asegurándose a
esta por medio de una ranura con un saliente que tiene dicho gato o prensa.
Estos se componen de varias secciones
interiores, son neumáticos y se conectan entre sí con uniones flexibles.
Cuando todo está listo, desde una pequeña
máquina aplican la fuerza a todas las prensas y el edificio se levanta sobre
ellas.
Los tramos de columnas, como de dos
metros de largos y veinte pulgadas de grueso, son macizos y tienen en cada
esquina un acoplamiento que ajusta con precisión.
Son sumamente livianas, hasta el punto de
que yo cargaba una con suma facilidad bajo el brazo.
Colocan una a una en cada agujero
descubierto al levantar el edificio y allí quedan firmes.
Quitan la fuerza a los gatos y el
edificio baja y queda aumentado.
Entran en función los rellenadores,
colocan la caja de los elevadores, que dicho sea de paso tampoco son como los
nuestros, pues son unidades autónomas provistas de rodillo en sus costados, que
ruedan en un cubo que es de una pieza y lo acoplan en secciones, al igual que
las columnas.
Por lo tanto no usan los estorbosos y
además peligrosos cables.
Cuando toca su turno a la parte exterior,
solo deslizan la cubierta en forma de arquería, y el hueco que queda desnudo
proceden a rellenarlo.
Salen unos aparatos patrones, cargando un
rodillo de material cada uno.
Dicho material es de ancho de lo
descubierto.
Resulta todo un espectáculo ver a un
hombrecito colocado cómodamente en un asiento que forma parte de algo que parece
una araña gigante y de una maniobrabilidad asombrosa, acercarse con seguridad
hasta el lugar preciso con su rollo de material.
Otro hombre montado en un aparato
similar, pero sin rollo alguno, solo provisto de un pequeño aparato que sujeta
con una mano, y con la otra ajusta al extremo del material en el lugar donde va
a soldarse, porque eso es ni más ni menos lo que hacen.
Con los pies mueven los controles de su
aparejo, que lo sube y baja en su cómodo asiento.
Cuando quedó el extremo del rollo sujeto,
los dos aparejos caminan, uno llevando el rollo y el otro soldándolo en su lugar
y así, en menos tiempo del que tardo para relatárselo, queda todo
terminado.
Pues bien, todo lo que vi aquí al natural
lo vi de nuevo en uno de los edificios de control.
Aquí en forma de proyección, que estudia
el trabajo realizado desde diferentes ángulos.
Algo que resulta verdadera mente
maravilloso por lo detallado.
En este mismo edificio de control,
localizaron y se pusieron al habla con los dos terrestres con quienes se habían
propuesto entrevistarme, lo que pone de manifiesto el grado de eficacia en sus
comunicaciones.
Según lo comprobé después, dichos
individuos estaban al otro lado del mundo, corno si dijéramos de México a
China.
Se enteraron que no eran españoles sino
franceses y que tenían viviendo allá unos cinco años de nuestro mundo.
En un edificio de estos también pude
admirar algo que me llamó la atención.
Se trataba de algo relacionado con su
pasado en cuestión de transportes y alimentación.
La primera se refería a una bola
transportadora, y fue el tipo que culminó en eficiencia y rapidez.
Después de ella vino el transporte aéreo
para cubrir grandes distancias y este medio pasó a la historia.
Se trataba de una bola gigante, mayor que
la nave esférica que usamos.
Está dividida en tres secciones y las dos
uniones que cierran la esfera son la superficie de rodamiento.
Circulaban en unos canales que alojaban
más de la mitad del transporte.
Debe, por razón de su enorme
circunferencia, haber alcanzado velocidades tremendas, pues sus rieles son
sumamente lisos.
Pero no para ahí la cosa, sino que a este
medio de transporte se le podía llamar velocidad por inercia, pues no usaban
propulsión de naturaleza alguna.
Mis amigos me hicieron una demostración
con un modelo pequeño y lo vi subir una altura de cuatro metros, y hubiera
subido quinientos si no terminara allí la demostración.
Las estaciones de parada son cubos del
mismo diámetro de la bola, parando por la acción del tire que comprimen dentro
de él.
Este cubo o túnel está provisto de
compuertas y válvulas para dar salida al aparato.
Otra cosa que me llamó la atención fue el
medio primitivo que usaron para proveerse de legumbres, en tiempos remotos.
Ellos me habían dicho que hubo un tiempo
en que cultivaron mayor número de legumbres de las que nosotros conocemos.
Así, cuando hubo oportunidad, les
pregunté si no había manera de conocer los medios de que se valían para
lograrlo, y como ya teníamos poco tiempo disponible entramos a un edificio de
control buscando una reproducción de aquel antiguo medio.
Me aseguraron que lo que vería allí en
modelo me lo mostrarían al natural si había tiempo.
La reproducción trataba de una noria, la
que podían perforar a la profundidad que quisieran o fuere necesario.
En la pared de esta noria hacían cortes
en circunferencia, dándole forma de ángulo o repisa a lo que sería el techo del
corte plano de abajo y también el piso y sostén de la superior.
Este sistema de cortes en sección parecía
un grupo de conos puestos uno sobre otro con la parte angosta hacia arriba.
Este tipo de hortaliza tenía varias
ventanas, siendo la principal que las ponía a salvo de los quemantes rayos del
sol, pues, según ellos, estuvieron en uso cuando todavía no aprendían a
protegerse debidamente de los rayos del sol.
La segunda ventaja era que en una
superficie pequeña lograban una gran producción y con poco esfuerzo, ya que
desde tiempos primitivos usaron un eficiente sistema de elevadores y según mis
amigos hubo norias de estas que tuvieron centenares de pisos o cortes.
Ahora voy a tratar de relatar algunas
cosas relacionadas con el mar.
Empezaré por algunos modelos de
barcos.
Decía antes que los que vi allí no se
parecen gran cosa a los nuestros y más de una vez he pensado que es muy posible
que la diferencia sea necesaria debido a que su agua o líquido donde tenían que
flotar sus embarcaciones sea o más densa o más delgada, cosa que entonces no
pensé porque se lo hubiera preguntado a mis amigos.
Había un modelo cuyo piso plano semejaba
más un lanchón rudimentario de lento bogar, que un navío construido para
alcanzar grandes velocidades.
Este tipo fue el diseñado para carga y se
compone de galerías que corren a todo su largo, habiendo entre una y otra
galería una pared hueca hermética, apanalada, cuyas secciones están rellenas de
un material flotante, y había tantas paredes de éstas como ancho fuera el
barco.
La forma exterior de estos es ahusada en
sus extremos, como si uno de nuestros buques lo acostáramos sobre uno de sus
lados, o todavía mejor como si dos de nuestras embarcaciones las acostáramos y
uniéramos por su parte abierta y esa es, ni más ni menos, la forma de aquellas
naves.
No hay peligro de naufragio pues, como
dije, tiene paredes flotantes, tanto exteriores como interiores, en
abundancia.
Este tipo de embarcación no se limitaba
al mar, pues estaba construido de tal manera que, terminada la travesía marina,
seguiría tierra adentro, pues todo el piso exterior está cubierto de rodillos
propulsores dispuestos en canales horizontales y entre éstos asoman bocas por
donde sale a presión agua para propulsarse sobre líquidos, formando una unidad
independiente cada rodillo, que a la vez también es la bomba, advirtiéndose sin
esfuerzo el doble cometido de cada una de las unidades.
Este tipo, como ya dije, lo hubo en todos
los tamaños imaginables; pero siempre guardando el mismo estilo.
Toda la parte superior o techo está
cubierto de compuertas por donde se cargaban, usando grúas que cubrían con sus
plumas toda la extensión.
Estas naves tuvieron un cometido muy
importante en la alimentación del pueblo, pues en ellas se transportaba el
pescado, base de su alimentación, y para que lo comprendamos mejor, antes de
describir otro tipo de embarcación, voy a hacerlo con las habitaciones
marinas.
Dichas habitaciones marinas se componían
de una serie de tubos sellados en sus extremos.
Estaban dispuestos unos junto a otros,
formando una extensa tarima o balsa unidos entre sí por piezas especiales.
Sobre estas tarimas había un piso de
malla resistente y sobre él las habitaciones en forma de burbujas distribuidas
convenientemente.
En la misma forma contaban con un patio
donde criaban aves comestibles y cultivaban legumbres desarrolladas
especialmente para ese medio.
Tenían en el centro de estas tarimas
flotantes, pequeñas torres con las que indudablemente estaban en comunicación
con los de tierra o sus vecinos, pues había, según mis amigos, colonias
perfectamente distribuidas.
Cada unidad de éstas contaba también con
una pequeña embarcación para pescar en grande, pues cada vivienda tenía a su vez
un tanque de forma especial, flotante, donde depositaban su producto, en espera
de las grandes embarcaciones que pasaban a recolectarlo en forma por demás
práctica.
Como los tanques aquellos estaban dotados
de orejas especiales, en la parte superior, la embarcación solo alargaba la
pluma de su grúa alcanzado el tanque llevándolo a cualquiera de sus compuertas
superiores, movía una trampa que tenía como piso el tanque y vaciaba el
contenido regresando el tanque a su lugar.
Entre estas colonias había embarcaciones
que se dedicaban a visitarlas, proveyéndolas de los productos que no producían
en sus huertos flotantes.
También hay un tipo de torre marina que
estuvo en uso antes que cubrieran su mar con edificios y las usaron para radio y
televisión en los albores de esta ciencia. Se componen dichas torres de una
armazón en forma de conos unidos por su base, llevando en la unión, o sea en el
centro de la torre, una masa de flotador”, en los que basculaba ésta.
Dichas torres estuvieron alineadas
marcando con señales todas las rutas que siguieron sus embarcaciones cuando su
mar estuvo despoblado.
Y no solo servían de señales sino que sus
elementos flotadores estaban egrivertidos en estaciones de recreo para viajantes
marinos.
Estaban provistas de contrapeso y
ancla.
Dicho contrapeso las mantenía
verticales.
Se usaron, entre otros, dos tipos de
anclas, una en forma de esfera erizada de lancetas, que se proyectaban o
recogían dentro de la bola a voluntad de los operadores; el otro tipo que más se
usó le podríamos llamar Rabo de puerco, pues de eso tiene parecido.
Está provisto de una barrena en su
extremo más grueso para penetrar a profundidad dentro del lecho marino, y una
vez a determinada profundidad, se erizaba de espigas impidiendo el
retroceso.
Tanto en este tipo corno en el anterior,
las espigas o lancetas se operan a voluntad desde la embarcación con impulsos
eléctricos.
No usaban cadenas de metal ni de ningún
otro material ferroso de los conocidos por nosotros.
Reemplazaban a estos algo que podríamos llamar plástico, y se componían de gran número de tubitos unidos entre sí, aumentando el grosor del material de acuerdo con la cantidad de tubos que la componen, al igual que un cable de los nuestros, compuesto de alambres delgados, unidos , pero sin torcerlos .
CAPITULO
7
Ahora pasaremos al tipo elegante de
embarcaciones.
Estas fueron, también la culminación del
sistema marítimo, naciendo ahí los diferentes tipos de naves aéreas que ahora
usan y que en verdad tienen gran parecido.
Voy a tratar de describir este elegante
tipo de embarcación.
Hagamos de cuenta que tomamos dos, como
mínimo, pero también tres o cuatro cuerpos de nuestros modernos aviones, los
tendemos paralelos y separados, y sobre ellos pongamos una de las modernas naves
circulares que ellos usan y el resultado es una de sus fantásticas embarcaciones
de lujo, especie de insoñado y fantástico catamarán.
Indudablemente que deben haber sido
hermosas y eficientes; pero de ahí nació el transporte aéreo para ese diseño, ya
que sus actuales naves aéreas tienen parecido no solo con los cuerpos inferiores
de dicha embarcación marina, sino que también la parte superior tiene gran
parecido con sus modernas naves circulares gigantescas.
Y antes que se me olvide, voy a
relatarles algo de suma importancia y que resulta vital para este mundo
estandarizado.
Se trata de sus sanitarios.
No hay un solo edificio que no esté
provisto de ellos.
Están alojados entre arco y arco, en los
entresuelos de todos.
Cuando nadie los usa, están a la vista;
pero basta que una persona invada una superficie de metro y medio a su
alrededor, para que desaparezca dentro de un muro de intensa oscuridad, como las
que protegen las camas en los dormitorios.
La superficie tiene la forma de un mango,
me refiero a la fruta que conocemos; tiene en la parte superior un corte en
forma de ovoide agudo.
Se usa a horcajadas y ajusta con
precisión.
Es de un material semiblando.
Para el aseo, está provisto en su costado
derecho de una pequeña oreja que, oprimiéndola hacia abajo, descarga una lluvia
menuda e intensa que no solo asea, sino que también refresca, y jalando la tal
oreja se forma un vacío que seca perfectamente.
Y ahora sigamos nuestro camino en busca
de los terrestres.
Teníamos que tomar un tipo de nave
diferente a las que ya conocía para ir en su busca, pues al parecer estaban al
otro lado de aquel planeta; pero aquí las distancias no tienen importancia.
Para llegar a un edificio que contuviera
en su azotea a estas naves, tuvimos que abordar un autobús, o como le queramos
llamar, “y aquí fue Troya”, pues los asientos estaban en tal forma que los pies
los llevaba uno metidos en el respaldo del de enfrente; pero yo, además de los
pies, tuve que meter la cabeza y rogaba a Dios llegásemos a nuestro
destino.
Nos apeamos y por un pasillo subterráneo,
en el que tenía que ir cuidando mi cabeza, llegamos a una banqueta; de ahí al
entresuelo de un edificio; éste era una biblioteca, pero no paramos sino que
seguimos a la azotea.
Mis amigos me prometieron que al regreso
la conocería. En esta azotea había tres naves. Eso me aseguraron que eran. Para
mí solo resultaban tres gigantescas y brillantes pelotas que no creo que
tuvieran menos cinco metros de circunferencia.
Caminamos por un pasillo, entre pequeños
y olorosos árboles y gruesos postes negros, donde estaban posadas las
naves.
Cuando estuvimos cerca, un tubo descendió
por el centro de la nave, se corrió una sección, dejando al descubierto una
serie de escalones semi-circulares, por los que subimos, hasta llegar a la mitad
superior de la nave.
Este elevador forma parte de la cabina de
controles.
En forma circular, formando parte de la
pared exterior, hay asientos con respaldo y sujeción para las piernas y el
abdomen, en los que yo quedaba por razón natural de mi volumen más ajustado que
mis compañeros, pero sin sentirme molesto, pues el material empleado para
asientos, respaldos y sujetadores era sumamente elástico.
A mí me parecían blocks de hule
esponja.
Dentro de la cabina había un hombre, pues
a pesar de que visten igual que las mujeres hay un ni sé qué que hace totalmente
diferentes sus facciones, dándoles un aire en el que se advierte una indudable
presencia masculina.
Mis amigos algo dijeron en su idioma,
bronco y desagradable, al oído del tripulante, y éste, después de observar que
estábamos adecuadamente sujetos, maniobró e inmediatamente ganamos altura en
forma vertical.
La nave era de un material transparente,
casi como el cristal y se advierte que sus paredes son gruesas.
Es su espesor lo único que hace aparecer
lo visto al exterior algo ligeramente difuso, como si viéramos a través de un
block de medio metro de grueso del vidrio que conocemos.
Llegamos a determinada altura, nuestra
nave se desplaza a una velocidad de vértigo.
Inmediatamente me mareo, cosa que no me
había sucedido.
Mis amigos voltean a verme solícitos y me
aconsejan que recargue la cabeza en el respaldo cerrando los ojos y que aspire
con mayor fuerza mi “puro” de goma, conteniendo la respiración por las fosas
nasales y, cosa rara, luego me sentí bien.
Mis amigos me explicaron que el aparato
que tenía en la boca era una especie de filtro, que aligeraba mi respiración
suministrándome a la vez oxígeno, y es que dentro de aquella pequeña nave el
ambiente resultaba pesado para mis pulmones.
Por fortuna pronto pasó.
Pasamos por una extensísima zona, donde
todas las construcciones estaban dispuestas en forma circular, pero el color o
los colores de sus edificios eran similares a los que conocimos.
Mis amigos me explicaron que se trataba
de una especie de ciudad infantil, de un hogar colectivo, y me fueron detallando
desde la zona de maternidades, que eran las de los círculos exteriores, hasta
llegar a los círculos centrales.
Cada edificio está circundado de vastas
extensiones libres, convertidas en parques de recreo.
Dentro de esta zona se vive la vida
normal del resto del mundo.
Me hubiera gustado verla detalladamente,
pero creo que no había tiempo suficiente o creyeron que no tenía mayor
importancia para mí.
Volvimos a tomar velocidad, para poco
tiempo después volar sobre otra zona, similar a la anterior en su distribución,
pero diferente en su aspecto.
Era un conjunto de edificios plateados,
relucientes, en los que los rayos proyectados desde el cielo chocaban,
fragmentándose en miles de ellos, que se esparcían en todas direcciones, dando
al conjunto una visión maravillosa.
Era nada menos que una zona de
investigaciones.
Descendimos lentamente porque el lugar
está infestado de naves de todas formas y tamaños y se cruzan a diferentes
alturas y velocidades, Aquello resultaba maravilloso, espectacular.
Conforme descendíamos, se veía en
detalle.
Aquello se convirtió en un espectáculo
tan maravilloso que no creo que haya imaginación que lo conciba.
El simple hecho de perder altura
lentamente me daba la sensación de estar pendiente de un paracaídas.
Se empezaron a distinguir unos puros
gigantescos, fantásticos, negros, relucientes, del mismo color de la gigantesca
nave circular que nos llevó a aquel mundo maravilloso.
Pero resulta increíble: dichos puros eran
lo menos cuatro veces mayores.
Nos posamos suavemente en la nariz de un
monstruo de aquellos.
Descendimos por la misma escalera, pero
ahora no habíamos bajado el tubo que la contiene, sino que se abrió una sección
frente a ésta, en la misma forma que en nuestra pequeña nave, la primera que
abordé, contrariando mi propio temor, que ahora al recordarlo solo me parecía un
sueño fantástico.
El lugar donde estamos, o sea, la nariz
de este coloso, es plano, cubierto en toda su longitud de angostas venas.
No hay lugar a donde dirija la vista que
no esté cubierto de estos monstruosos aparatos.
Calculo que no tienen menos de
cuatrocientos metros de largo y unos cincuenta de grosor.
Es tan fantástica la visión que pienso
que, sí en nuestro mundo apareciera de repente un tipo de estos, sembraría el
pánico irremisiblemente, quizá con perfiles de tragedia.
Mis amigos me aseguraron que eran naves
nodrizas y que estaban seguros de que me resultaría interesante saber cuál iba a
ser su destino.
Me iban a conceder el privilegio de
conocer los intestinos de uno de ellos.
Frente a nosotros se levantó una tapa
como de veinte metros de largo y treinta y cinco de ancho, descubriendo frente a
nuestra vista un tobogán.
Dentro había tanta iluminación como en
uno de los edificios que había visitado.
El tobogán está cubierto por canales o
rielamientos que se adentran en aquella cueva alucinante.
La parte alta de estos abultados rieles
son lisas y pulidas; pero los canales son amortiguantes, como una gruesa
alfombra.
Por un canal de estos nos internamos, y
no tengo palabras para explicarles la sensación que me invadió.
Me resultaba más impresionante que cuando
entramos en la nave circular anclada en el espacio, allá en mi lejano
mundo.
Pero la sorpresa estaba más
adelante.
.CAPITULO
8
Caminamos unos cien metros hasta
encontrarnos con dos grandes círculos como dos grandes, fantásticos y redondos
ojos de una fiera mitológica.
Ojos saltones y abultados, como dos
cúpulas de iglesia proyectadas hacia nosotros.
Pero aquello que en la oquedad inmensa de
la enorme bóveda, que se podía fácilmente imaginar como los redondos senos de
una fabulosa mujer, no eran otra cosa que dos naves.
Ni más ni menos, naves que al decir de
mis amigos, eran automáticas, que no necesitaban tripulación de naturaleza
alguna, que se podría decir, sin incurrir en exageraciones, que eran grandes
cerebros electrónicos que estaban provistos de gran número de ojos, oídos y
narices.
Estaban destinadas a las exploraciones,
en las que no solo captarían sonidos y tomarían imágenes, sino que absorberían
muestras de las materias que tuvieran a su alrededor.
Aquella gigantesca nave que las contenía
era la indicada para llevarlas a sus objetivos.
La que estábamos visitando tenía dos
hileras de sesenta naves automáticas que hacían un total de ciento veinte y
había en esa zona de investigaciones miles de aquellas gigantescas y raras naves
de cabeza en aguda V.
¡Cómo he lamentado poseer tan pobre
instrucción, y cómo hubiera deseado tener la capacidad suficiente para relatar
esta maravillosa oportunidad que el destino me brindó! Pero, qué le vamos a
hacer, algunas personas me consuelan diciéndome que hay que conformarse, pero
para mi desgracia soy un tipo inconforme, que lucha contra las burlas de mi
destino.
Bueno, para no seguir lloriqueando, vamos
a reanudar este paseo.
En uno de los edificios que estaban
bajo el vientre de aquella gigantesca nave salimos a la azotea.
En esta zona no hay árboles, ni espigas o
postes, sino que las naves descansan en el macizo de la azotea.
Abordamos el elevador, descendimos a uno
de los pisos intermedios.
Como los terrestres trabajaban y vivían
en esta zona, mis amigos los habían citado al edificio aquel.
Inmediatamente que los vi reconocí en
ellos al producto anacrónico de nuestro mundo de feos.
Y ahora que tenía la oportunidad de
comparar a mis amigos con un tipo similar a mí, más grande era el
contraste.
Chaparros, deformes, desproporcionados,
así eran mis huéspedes.
En fin se trataba de dos hermanos
gemelos, hijos de un matrimonio formado por un individuo de nacionalidad
francesa y una dama española, nacidos y criados en una posesión francesa al otro
lado del Mediterráneo.
No hablan español, pues quedaron
huérfanos de madre muy pequeños y solo asimilaron el idioma paterno.
Tienen buena estatura, de acuerdo con las
medidas de nuestra raza, y es curioso observarlos junto a los pequeños y pulcros
habitantes de aquel fantástico mundo, pues mientras éstos tienen su cuerpo
limpio de pelo, llevándolo solo en la cabeza, nuestros coterráneos semejan
orangutanes en su presencia.
El cuerpo lo tenían materialmente
cubierto de pelo y solo la cara conservaban limpia, gracias a una crema que
inventaron, que usan para rasurarse.
El pelo en el resto del cuerpo está
adquiriendo un tinte plomizo.
En la cabeza lo usan igual que las gentes
entre quienes viven y, aunque son bastante bien parecidos, la desproporción con
lo que les rodea es notoria.
Son indisciplinados, pues no visten como
el resto de la población, llevando tan solo un calzón corto por toda
indumentaria, alegando encontrarse incómodos vistiendo al igual que las demás
gentes.
Me aseguraron a través de la
interpretación de mis amables cicerones que llevaban más de cinco años viviendo
allí, a donde solo habían ido de visita y se vanagloriaban asegurando tener unos
pulmones maravillosos que en poco tiempo los adaptaron al denso clima de
allí.
Asegura también haber peleado en la
guerra pasada y que ahora les parece estúpida nuestra forma de vida.
Les pregunté si habían logrado aprender
el idioma de aquel mundo y me contestaron riendo que ni una palabra comprenden,
pero que ya habían logrado que todos en el edificio aquel aprendieran el
francés.
Nos despedirnos de ellos y regresamos a
nuestra esférica nave por el mismo camino.
Yo me había quedado intrigado con la
biblioteca y pedí a mis amigos que me llevaran a visitarla; pero ellos, con suma
cortesía, me indicaron que lo teníamos que dejar para después, porque ya era
tiempo de comer y descansar, así que volvimos al edificio donde habíamos
iniciado este al parecer pequeño viaje.
De nuevo me conformé con dar un solo
vistazo al interior de la biblioteca, cuando descendíamos.
Esta vez no tomamos ningún medio de
transporte de piso, pero en este fantástico modo de vivir lo mismo da meterse en
un comedor o en un hotel de un determinado lugar, que hacerlo en otro a miles de
kilómetros más allá.
Por lo tanto, caminamos algunas calles
hasta encontrar un comedor.
Satisfechos con tan riquísimos alimentos,
estuvimos algún tiempo fisgando y admirando pequeñeces que mis amigos, contra la
costumbre que observan casi todos ellos, me perdonaban.
Salimos de nuevo a la calle.
El grado de luz natural no decrecía y
tampoco aumentaba.
Resulta novedoso eso de ver gente que a
todas horas entra y sale a toda clase de lugares.
No se ve algún aparato, ni nadie lo usa,
algo que pudiera medir el tiempo; pero esto no tiene importancia.
Si uno tiene hambre entra y come y si
tiene sueño entra y duerme.
Si tiene deseos de divertirse, lo
hace.
Nadie fiscaliza, según mis amigos.
Con cinco minutos de cada hora que vivan,
que los inviertan haciendo algo en beneficio de la colectividad, es suficiente
pago para aquel cúmulo de comodidades.
Pues bien, saboreando lentamente el
espectáculo que me rodeaba, me dejé llevar de mis amables cicerones que, con
interés poco común en nuestro medio, me atendían hasta en los más mínimos
detalles por lo que por momentos hacía sentirme insignificante, dándome la
impresión que solo me daban cuerda a ver si me engrandecía y me hacía el
importante.
Algunas veces, apenado, les pedía que me
dijeran si me portaba inadecuadamente a sus costumbres, pero ellos casi siempre
me contestaban que estaban felices de andar conmigo y observar mi modo de ser y
reaccionar ante todo lo que veía.
Por fin llegamos a un edificio, hotel, o
dormitorio, o como le queramos llamar.
Mis amigos me explicaron que había tres
tipos: para solteros, para solteras y para matrimonios, y que no se
diferenciaban gran cosa entre sí.
Aquí, al igual que en los otros que he
visitado, hay dos costados cubiertos de elevadores y dos cubiertos de arcos y
paso libre, frontales, en los entresuelos, pero encuentro una diferencia: en los
costados donde están situados los elevadores y en un espacio como de dos metros,
y a todo lo ancho del edificio, hay tantas hileras de pequeños focos como pisos
tenga el edificio y cada foco marca un pasillo, pues allí no se usan
cuartos.
Nosotros buscamos donde hubiera tres
camas vacías juntas, así que por la hilera sabíamos a qué piso dirigirnos y por
el foco a qué pasillo.
Así que la hilera 12, por ejemplo,
señalaba que había camas vacías, pues ese número de pisos subimos y, al llegar,
quedamos en un pasillo que daba a nuestra derecha e izquierda.
A este pasillo convergían las entradas de
otra serie de pasillos, en cuya entrada había también pequeños focos señalando
las camas vacías.
Nosotros llegamos hasta el que nos
interesaba.
Como había algunos foquitos prendidos y
otros intermedios apagados, quería decir que tendríamos que pasar cerca de camas
ocupadas para llegar a las nuestras.
Antes de entrar, hay que desnudarse
totalmente.
Mis amigos procedieron a hacerlo,
indicándome que los imitara.
En las paredes derecha e izquierda hay
unas aberturas alargadas.
En el lado derecho procedimos a depositar
nuestra ropa, desapareciendo de nuestra vista, y quedamos en cueros, totalmente
desnudos.
Mis amigos me señalaron el pasillo.
Pero … ¡Caracoles!, me estaban preparando una
broma.
No había caminado diez pasos, cuando
sentí que me acribillaron con una especie de lluvia vaporizante, tibia y
agradable.
Lo intempestivo del bombardeo me produjo
una reacción desagradable, de la que traté de librarme retrocediendo; pero
detrás estaban mis amigos esperando este resultado a su diversión, y con fuerza
increíble me empujaron, obligándome a seguir adelante, y no bien había pasado
este húmedo recibimiento, cuando entré a otro, aún más desagradable.
Ahora sentí como si me succionaran o
formaran vacío a mi alrededor, desprendiendo de mi cuerpo hasta la más mínima
partícula de mugre que pudiera tener, produciéndome una increíble sensación de
limpieza y frescura.
Cuando pasé del todo este par de tragos
amargos, no tuve más escape que soltar la risa, como dando a entender que no me
había impresionado.
Pero a nadie engañaba, ni siquiera a mí
mismo.
En estos pasillos dormitorios se emplea
un sistema que me pareció muy práctico.
Ellos tienen un dominio absoluto de la
luz y de la oscuridad.
Este sistema ya lo habían usado en los
sanitarios, así que no lo desconocía, pero ignoraba que también se usara en los
dormitorios.
Por lo tanto voy a tratar de explicarlo:
las camas, como las de la nave, son marcos sosteniendo un material grueso y
poroso, y están a guisa de repisa, empotradas en una de las paredes; pero en
estos dormitorios, cerca de cada cama y al alcance de sus pequeños brazos, hay
una ruedecilla que, haciéndola girar a derecha o izquierda, produce luz cegadora
así como oscuridad espesa, tan espesa que da la impresión de ser un muro negro e
impenetrable.
Cuando estuvimos en nuestras camas, mis
amigos me instruyeron en el manejo de aquel pequeño pero efectivo control que,
al accionarse, solo cubre de oscuridad el espacio que ocupa la cama, como si
descendiera una gruesa y negra cortina que pusiera a aquel lecho fuera de la
curiosidad de las demás gentes.
Cuando estuve tendido en mi cama accioné
la ruedecilla varias veces, para estar seguro de su efectividad; pero, una vez
perdido en aquella pequeña inmensidad, desaparecía todo, y sentía estar en una
isla cubierta de espesa negrura.
Me invadió una especie de sopor que me
invitaba a abandonar todo pensamiento ajeno a lo que no fuera dormir y
descansar.
El despertar fue tranquilo y
satisfactorio.
Sentí la mente despejada, estuve algún
tiempo cavilando, gozando, saboreando aquella increíble comodidad.
Me sentía lleno de vigor, deseoso de
trabajar, de gastar las energías que reposaban dentro de mi cuerpo, haciéndome
sentir joven, quizás demasiado joven.
Fue allí donde comprendí por qué a nadie
obligan a trabajar, pues es indudable que con esa alimentación y ese reposo
llega cualquiera a sentir deseos de trabajar, para gastar la energía que le
bulle dentro del organismo.
Cuando iluminé mi cama, descubrí que mis
amigos estaban despiertos y entretenidos, usando unos pequeños aparatos que hay
entre cama y cama.
Dicho aparato no es mayor que un reloj de
bolsillo y pende de la pared unido a un cordón liso y elástico, que lo recoge y
sujeta a la pared, cuando no lo usan.
El tal aparato es una diminuta pantalla
por una de sus caras y por la otra una especie de micrófono, y tiene en su borde
un pequeño botón.
Mis amigos se reportaban y pedían
órdenes, y en la diminuta pantalla pude reconocer claramente a uno de los jefes
y oír su característica voz.
Mis amigos me dijeron que teníamos
bastante tiempo disponible y lo íbamos a aprovechar adecuadamente.
Así que nos dirigimos a la salida,
pasando por el ineludible baño y el secado, que lo encontré sumamente
agradable.
Al nivel del piso hay una hendidura donde
mete uno los pies, sintiendo una sensación de cosquilleo y, cuando los retira,
las uñas están recortadas y pulidas.
Lo mismo se pasa a metro y medio de
altura, donde la operación se repite con las manos.
Y aquí venía otra broma de mis buenos
amigos.
Da la casualidad que yo no me había
puesto aquella ropa y por lo tanto desconocía sus características.
Así que, al llegar a las alacenas, nos
dirigimos a la que estaba enfrente de la que habíamos usado para depositar
nuestra ropa sucia; ellos cogieron cualquiera y procedieron a vestirse, sin dar
importancia a lo que a mí me sucedía, que por más que buscaba y rebuscaba no
encontraba nada que me sirviera.
Creo que estaba a punto de soltar el llanto y ellos la risa, pues estaba lucido: la camisa más grande apenas cubriría a uno de mis pequeños hijos y los calzones ni se diga.
CAPITULO
09
Por fin, satisfechos de su broma,
cogieron una camisa cualquiera y la estiraron hasta alcanzar mi tamaño y lo
mismo hicieron con un calzón y unos zapatos.
Maravillosas cualidades de un material
apropiado para un mundo estandarizado.
Mis amigos me explicaron que aquel
material podría crecer hasta tres veces su tamaño original, al que volvía
fácilmente con solo meterlo en un líquido que lava y desodoriza.
Pero no paraba allí la cosa.
Una vez puesto sobre el cuerpo, con el
calor de éste se encoge y adhiere, dando la sensación de estar desnudo, pues es
de una frescura incomparable.
En un extremo de estas aberturas, donde
se deja y recoge la ropa, hay una especie de casco de protección, que cubre
desde el frente hasta los hombros.
En ellos se mete la cabeza y dicho
aparato se encarga de peinar y agregar al pelo una sustancia grasosa, al mismo
tiempo que lo recorta a la altura de los hombros succionando el sobrante.
Abandonamos el edificio dormitorio,
saliendo a buscar un comedor.
Lo encontramos pocas manzanas más
adelante.
En realidad no sentía hambre, pero tenía
curiosidad por saborear y convencerme si efectivamente cada charola tenía
diferentes sabores según su color.
Debo advertir que aquella substanciosa
comida, con apetito o sin él, se come.
Por lo menos yo jamás he rehusado un
helado o un buen dulce en nuestro mundo, y esto que se usa acá tiene cierto
parecido con estas golosinas.
Y lo dicho, sin hambre, di fácilmente
cuenta del contenido de dos charolas, y hasta creo que si hubiera durado más
tiempo allí, la curva de mi estómago toma características alarmantes como las de
los franceses que encontré.
Satisfecho el apetito o la curiosidad,
fuimos en busca de una biblioteca, pues había despertado cierto interés en mí lo
que al pasar había logrado observar.
Estos edificios no se diferencian gran
cosa de los comedores, en su disposición.
Al igual que aquéllos, dos paredes alojan
los elevadores y las otras dos siempre están cubiertas de estantes repletos de
libros.
¿Como los nuestros? No, son un poquito
diferentes.
Voy a tratar de describirlos, y no solo
los libros sino todo lo que vi.
Mis amigos deben ser poco afectos a la
lectura, porque me dijeron que, mientras yo fisgaba ellos subían a la azotea a
respirar.
Me dirigí a un estante y cogí un
libro.
No hay a quien pedírselo, ni tampoco a
quien preguntar.
Así que al azar lo hice, y allí mismo,
parado, me puse a hojearlo.
Como pastas, para llamarles como
nosotros, tienen dos charolas, cuadradas o rectangulares, embrocadas, que forman
como una caja.
El material interior es una tira continua
doblada en forma de acordeón y unida a las pastas por sus extremos.
Este material está cuadriculado en forma
menuda y la escritura que contiene se reduce a pequeños puntos diminutos,
ángulos y círculos, colocados en diferentes posiciones dentro del
cuadriculado.
Los libros se pueden abrir por dos de sus
lados, así que cuando han terminado uno, lo cierran y abren el otro continuando
la lectura.
Como complemento tiene unas uñetas que le
sirven para mantenerlo abierto.
Esto es necesario por esta razón; todo el
piso está cubierto de pequeños sillones.
Tienen descansos para los brazos y apoyo
para los pies y se puede reclinar en cualquier ángulo.
Lo complementa un brazo articulado
provisto en su extremo de un par de barritas que terminan en un pequeño círculo
imantado, así que, cómodamente sentado, dispone el brazo a la distancia que uno
quiera, coloca el libro abierto entre los dos círculos, sujeta el material de
lectura con sus uñetas y hágame el favor, a quién no le van a dar ganas de leer
con tantas comodidades, y lo más interesante que si una persona está interesada
en escribir, también encuentra en qué hacerlo, pues hay varias hileras de sillas
que en vez de brazo tienen una plana, como la de los comedores, y hay una buena
provisión de libros en blanco.
Usan unos aparatitos no mayores que una
plumilla fuente de mujer, pero no llevan pluma.
En su lugar hay un cuadro diminuto.
Dentro de él hay un círculo y al centro
un punto para escribir.
Usan cualquiera de los ángulos.
Apretando un botón en la parte superior
sale el círculo, y haciendo lo mismo con un abultamiento a medio cuerpo del
aparato, destaca el punto.
No usan tintas de ninguna especie, sino
una reacción eléctrica que opera sobre el material de escritura, que no es
papel.
Más me pareció seda engomada o un
material parecido, que no se arruga ni se rompe con facilidad.
Estos locales son bastante altos, pues
alcanzan los tres metros y los estantes cubren toda la pared.
Para alcanzar cualquier libro, hay unos
aparatos que se componen de una barra provista de un asiento, que a voluntad
sube o baja en dicha barra y esta se mueve a derecha e izquierda.
De éstos aparatos hay unos diez o doce en
cada pared y se manipulan con botones situados en el asiento.
En éstos, como en todos los edificios, se
hace un verdadero derroche de luz, sin descubrirse la fuente, y lo mismo que en
todas partes impera la variedad de colores, ocupando un solo color cada hilera
de libros.
Mis amigos llamaron al elevador para que
fuéramos a la azotea y viera algo interesante, y vaya si lo era: estaban unos
individuos cosechando fruta.
Como dije antes, todas las azoteas están
convertidas en huertos frutales de distintas especies.
Naturalmente que todo en este mundo es
novedoso, por lo menos a mí me lo pareció.
Quizá haya personas que nada de esto les
parezca ni siquiera lógico; pero de calquier manera yo me voy a limitar a
describir lo que vi.
En un ángulo de la azotea estaba una nave
pequeñísima.
No medía más de tres metros
alrededor.
Descendía por el centro una escala que
llegaba por entre los árboles hasta uno de los pasillos.
Cuando subí a la azotea, llamando a mis
amigos, me señalaron a dos hombrecitos que desempeñaban una labor que dicho sea
de paso, en nuestro mundo es tediosa, pues estaban cosechando fruta.
Pero estos pequeños hombres que no median
ninguno de los dos más de un metro, lo hacían de la manera más fácil.
En su pequeña nave traen una charola como
de dos metros de circunferencia; pero está dividida en dos, teniendo un recorte
circular en el centro.
Esta charola es como casi todo lo que
allí se usa de un material sumamente liviano.
Cada una de las mitades, las colocan
inmediatamente arriba del anillo que sostiene el árbol por el tronco.
Una de estas mitades tiene un agujero
como de diez pulgadas.
En este agujero enchufan un tubo elástico
del mismo diámetro y levantan la tapa de uno de los pasillos que además
desempeñan el trabajo de canaletas.
Cuando todo está listo, toman un pequeño
aparato poco más grande que una cajetilla de cigarros, lo colocan bajo la
charola en unos rielecitos fijos al anillo, lo echan a andar y llueve fruta a la
charola, que sigue por el tubo a la canaleta y de allí al interior del edificio,
para llegar al lugar de aprovechamiento por conductos interiores.
El aparatito aquel es un vibrador que
desprende la fruta que está madura.
Como se pueden dar cuenta, es sumamente
fácil la cosecha.
Cuando terminan la operación en un árbol
la repiten en otro y así van de azotea en azotea con su pequeña nave y sus raros
implementos.
Les pregunté a mis amigos qué hacían con
la fruta.
Por cierto, los árboles son bajitos.
No miden más de dos metros; pero son muy
frondosos.
La parte superior de estos árboles está
cubierta de ramas distribuidas en sorprendente simetría y bien
proporcionados.
No se descubre una sola hoja, pero las
cubren pequeños brotes, que en su mayoría tienen un rabito que sostiene un
fruto.
Su corteza es verde, de apariencia tierna
y lisa como el vástago de un plátano; los frutos que vi y toqué eran de
envoltura suave, como la ciruela entre otras.
No me constaba, pero me aseguraron mis
amigos que no producían huesos.
Volviendo al tema que estábamos tratando
de qué hacían con la fruta, me contestaron riéndose a mandíbula batiente: ¿Qué
crees que has comido? Eso que tanto te ha gustado no es otra cosa que una mezcla
elaborada con frutas y pescado; pero, si no tiene sabor de pescado ni de frutas,
claro que no, en los laboratorios se preparan quitando el olor y sabor
originales.
Por eso te sabían diferentes, pero toda
nuestra alimentación procede de esos árboles, complementándose con productos del
mar debidamente elaborados y balanceados.
Ahora mis amigos estaban interesados en
que conociera algunas de sus diversiones favoritas.
Vamos a empezar por lo primero que
encontremos - me dijeron, y fue una sala cinematográfica.
Cuando me dijeron que era un edificio
cinematográfico, pues me imaginé otra cosa distinta, quizá algo parecido a lo
que conocía, esperaba cuando mucho una pantalla gigantesca, un público a
obscuras, unas butacas incómodas, vaya, algo parecido a lo nuestro.
Desde luego que sí esperaba que el
edificio tuviera todos sus pisos destinados al mismo fin.
A eso ya me había acostumbrado, pero
veamos lo que encontré.
En estos edificios, que quizá son únicos
en su tipo, los elevadores están en el centro y la pantalla ocupa una pared
circular que rodea el edificio en su mayor circunferencia.
Los espectadores dan la espalda a la
torre de elevadores, y de esta manera no son molestados por los que llegan o
salen.
La sala tiene más luz que el mejor día de
los nuestros con la misma claridad que conocemos.
Ya les he dicho que estas gentes tienen
un gran dominio, tanto de la luz como de la oscuridad, por lo tanto, al entrar a
esta sala, me pareció salir de un edificio semi-oscuro.
Nos sentamos en las primeras butacas que
encontramos.
Naturalmente a esto sí puede llamársele
butacas; es una armazón de lámina dura, forrada de un material fresco y
esponjoso.
Yo que estoy el doble de voluminoso que
mis amigos, entro a la fuerza y quedo dentro, o mejor dicho formando parte de
una paca de un material para mí desconocido pero que me prodiga una comodidad
jamás sentida.
Nadie estorba, el piso es cónico y puedo
ver desde el piso de la pantalla.
El espectáculo gira lentamente alrededor
de todo el edificio.
Intrigado me paré y busqué dónde empezaba
y terminaba aquella maravillosa pantalla, encontrando al fin una ranura, donde
claramente se veían salir y perderse trozos diferentes del espectáculo.
Gira tan lentamente que resultaría
aburrido sino se posesionara de inmediato nuestra mente de que aquello no es
ningún cinematógrafo como lo concebimos, ni como lo conocemos, pues sentado
cómodamente tengo la sensación de que estoy en lo alto de un cerro y allá abajo
veo un arroyo correr lentamente, bajando una vereda, un atajo de burros
hostigados a gritos por tres arrieros.
Resulta maravilloso, doblemente, porque
oigo los gritos de los arrieros, el jadear de los animales y hasta los ruidos
peculiares que producen sus estómagos al hacer algún esfuerzo mayor.
Con tal claridad se oye todo y se ve que
se pierde la noción del lugar y la distancia.
Los espectadores, en su mayoría, no se
limitan a ver.
Van provistos de trozos de material, algo
parecido al vidrio; pero, a pesar de que no es más grueso que un vidrio común y
corriente, da la impresión de que solo es la tapa de una caja iluminada.
En este material tratan, y a veces lo
logran con exactitud, de reproducir lo que ven.
No diría que pintan, pues no usan ni
pintura ni pinceles, sino una cosa muy parecida a las plumillas con que
escriben, y solo varía el aparato en la punta, por donde, a voluntad y solo
haciendo presión en el abultamiento que lleva a medio cuerpo, produce un pequeño
abanico, semejante al que produce una pistola para pintar a base de aire a
presión.
Como dije antes, no es pintura sino una
especie de rayito de luz que al girar la perilla superior cambia de color o de
intensidad.
Este aparato lo usan algunos con tanta
maestría que producen tonalidades verdaderamente maravillosas, pues el rayo de
luz va desde un punto hasta dos centímetros de ancho y produce en el material el
mismo efecto del fuego a diferentes distancias.
En el entresuelo hay estanterías donde se
proveen del material necesario y allí mismo depositan sus trabajos.
De nuevo salimos a la calle, ahora en
busca de una sala deportiva.
Cuando mis amigos me dijeron esto, me
imaginé un gimnasio; pero fui llevado a un edificio que no tenía nada de esto,
Todo el piso estaba cubierto de mesitas cuadradas que solo tenían una pata
central.
De cada uno de sus lados pende una barra
y en ella se desliza a voluntad un asiento con respaldo y apoyo para los
pies.
El plano de la mesa está cuadriculado, en
blanco y negro, y en este deslizan unas pequeñas marcas, que las mueven como en
el ajedrez o en ese juego de damas que nosotros usamos.
Mis amigos me aseguraron que esto se
juega en miles de combinaciones, que continuamente se inventan otras nuevas,
desechando las más fáciles.
Aquello era interesante, pero yo pensaba
que esto no era lo que me habían prometido y les pregunté por la sala deportiva,
a lo que me contestaron que allí solo el cerebro hacía gimnasia y que no
desperdiciaban energías inútilmente ya que la salud y la figura se controlaban
desde los laboratorios a través de los comedores.
Ahora le tocaba su turno a otra clase de
diversión.
Pocas manzanas adelante entramos en otro
edificio.
En cuanto tuve ante mi vista la primera
sala, me sentí desconcertado, recordé algunas escenas de una película oriental
en la que presentaban un fumadero de opio, donde escuálidos seres vencidos por
el vicio yacían en asquerosos camastros atendidos por seres misteriosos e
igualmente escuálidos.
Esta sala está cubierta de cómodos
sillones reclinables, en los que con facilidad se hunde uno, perdiéndose.
Tienen descanso para los pies y dan la
impresión de que fueron hechos para dormir o descansar.
El respaldo, que se prolonga más allá de
la cabeza, está de tal manera confeccionado que la cabeza queda hundida y las
partes laterales están provistas de aparatos, al parecer micrófonos.
El complemento de esta diversión, a la
que si le encontré motivo de ser, es una pequeña circunferencia de un material
elástico negro suave y ligeramente grueso. Este se coloca alrededor de la cabeza
y su cometido es tapar los ojos, dando la sensación de oscuridad.
La sala está totalmente iluminada.
Provisto de este adminículo y colocado debidamente en el sillón, empieza el
espectáculo, que esta vez es solo para el oído y la imaginación. En el primero
de los sillones que ocupé, donde me acomodé con cierta dificultad, pero sin
incomodidad, llenó mis oídos un sonido por demás conocido.
Era como el que produce el tráfico en las
grandes ciudades, con un escándalo mortal de los empedernidos bocineros, el
ulular de las sirenas de los diferentes servicios públicos de emergencia, el
peculiar campaneo de los pequeños carritos de humildes vendedores, el vocerío
clásico de los mercados, pitidos de los agentes tratando de poner orden, el
rodar de pesados tranvías en los gastados rieles, sin faltar el traqueteo de un
monótono ferrocarril con sus pitazos y campanazos peculiares, sus acompasados
escapes de vapor y muchos ruidos que conozco pero escapan a mi memoria.
Era tan real todo que, algunas veces,
ante la proximidad de un tren, me desembaracé de la tira con que me cubrí los
ojos para cerciorarme de que no corría peligro. Como mis amigos me advirtieron
que en cada hilera de sillones se podía oir un sonido diferente, me pasé a otro
sillón, hileras más adelante.
Aquí encontré algo que, aunque no conozco
realmente, lo podía fácilmente identificar.
CAPITULO
10
Se trataba de un concierto de ópera,
y se oía con tanta fidelidad que inclusive identificaba no solo el quedo
cuchicheo de las damas vecinas al que grababa, sino el ruido que producen sus
vestidos al acomodarse en sus asientos y el crujir apenas perceptible de las
finas tarlatanas.
Lo que se desarrollaba en el escenario
era en un idioma extranjero y desconocido para mi y no sabría a ciencia cierta
de qué ópera se trataba.
Resultaba verdaderamente sorprendente la
fidelidad con que se oye todo en estas salas.
En otra butaca se estaban reproduciendo
los ruidos característicos de un gran incendio, indudablemente era en un bosque
y de proporciones devastadoras.
Así era el crepitar de las llamas, el
estruendo aterrador de un gigantesco árbol, que, en su caída, arrastra
desgajando ramas a lo que encuentra en su paso y finalmente el golpe seco,
sordo, impresionante, con increíble realidad.
Se sentían ondas de intenso calor, que se
desparramaban en todas direcciones y con ellas nuevas extensiones que empezaban
a arder, multiplicándose y aumentando el radio del incendio.
Esta escena estaba siendo tomada de
seguro desde una nave a gran altura y el incendio se estaba produciendo en un
bosque vigilado, porque con rapidez asombrosa pasaba de lo indomable del fuego a
los lugares donde individuos especializados, con la calma característica del que
está habituado a estos menesteres, cumplen sin violentarse y sin precipitarse su
cometido.
Se oyen las órdenes, dadas por radio
indudablemente, con toda parsimonia, como quien está dando consejos.
Pasa luego de dar órdenes a pedir
refuerzos.
Enseguida la toma cambia de lugar.
Ahora es una banda de aves; acto seguido
se oye el ruido inconfundible que producen grandes grupos de pequeños animales
que huyen despavoridos tratando de poner espacio de por medio en pos de un
refugio seguro.
Por eso digo que estas escenas están
tomadas a gran altura desde donde se pueden dominar extensiones
grandísimas.
Oí, por ejemplo, en otra de las filas
algo que indudablemente era también un incendio; pero ahora quizá ocurría en una
zona comercial con adelantos modernos.
Se oía claramente la gritería
ensordecedora, carreras desenfrenadas sin orden ni concierto, propias de las
gentes cuando el pánico hace presa en ellas.
Luego tiros disparados contra alguien que
no obedecía, porque se oían silbatazos de policias.
El ulular de las sirenas de los carros de
bomberos, las frenadas de los mismos, gritos entre ellos dando órdenes; el
arrastrar de mangueras, el ruido metálico de las conexiones en las tomas de
agua, el choque de los potentes chorros contra los muros incendiados, el ruido
de estos al desplomarse, el clamor sordo de la multitud expectante contenida en
el área del incendio.
Con facilidad se distinguían hasta los
comentarios de la gente, todo esto en idiomas que me son familiares, aunque no
sabría decir con precisión a qué raza de nuestro mundo pertenecían.
También oí el ruido aterrador de un
huracán, que materialmente barría con todo lo que encontraba a su paso, el ruido
de piedras rodando en pendientes profundas, el choque de unas contra otras
haciéndose pedazos y multiplicándose los ruidos.
Árboles arrancados de cuajo y lanzados a
distancia, el silbido escalofriante del viento, el avance de grandes torrentes
de agua al salirse del cauce de un caudaloso río, y de cuando en cuando el
bramido desesperado de alguna bestia atrapada o el chapoteo desesperado de algún
animal en peligro de ahogarse.
Todo visto tan solo con los ojos de la
imaginación.
Más de una vez me quité la venda con que
cubría mis ojos, para asegurarme que solo eran sonidos los que estaba oyendo y
estos estaban muy lejos de la realidad que imaginaba.
Todo esto en una sola sala, en la que
bastaba cambiar de fila y ocupar uno o dos asientos más adelante o atrás para
encontrar variación de espectáculo imaginativo.
Lo más sorprendente de todo es que,
aunque una butaca esté vacía, no sale de ella nada de lo que se oye cuando uno
la está ocupando.
Uno de los ruidos que más gustó a aquella
gente, es el que reproduce el de nuestros mares, pues esas filas, generalmente
están ocupadas, pero pude ganar una de aquellas butacas en cuanto la dejaron, y
podría decir que también a mí me gustó.
Se trataba de algo característico, a lo
que le podríamos llamar sinfonía del mar.
Se adivina que el primer escenario es un
puerto marítimo, y debe ser de mucha importancia.
Se adivina también que es una mañana
cubierta de neblina.
Comienza el ruido de las cadenas,
característico del que se produce al recobrar las anclas.
Por momentos lo amortigua el golpear de
las olas en los costados del barco.
Luego voces de mando ampliadas por el uso
de los megáfonos, carreras de individuos puestos para cumplir las órdenes,
rechinar de cables al tensarse entre el barco y los remolcadores.
Cada vez el número de ruidos
aumenta.
Ahora se suman la sirena del barco, al
parecer gigantesco, y los pitazos de prevención de los remolcadores.
Ahora surgen gritos desesperados de
bisoños marinero, contrastando con las voces de mando de capitanes maduros desde
sus respectivos puestos de mando.
Luego viene el ruido producido por las
máquinas al empezar a levantar presión en las calderas, y finalmente el golpear
de las palancas de control.
Resultaba tan fácil identificar estos
sonidos que experimentaban la sensación de estar a bordo, observando todas las
maniobras preliminares a la salida del puerto de una gran embarcación.
Luego la toma pasa a los muelles,
indudablemente ya entrada la mañana.
Carreras de trabajadores, saludando a
gritos a sus compañeros, o comentando también a grandes voces sus aventuras de
la noche anterior; rodar de carretillas, golpear de bultos al ser descargados;
rechinar de cables de acero moviendo las canastillas de gigantescas grúas y el
vocerío aumentaban por momentos hasta convertirse aquello en un
pandemonium.
Ahora la toma se mueve hacia una zona de
balnearios.
Empieza recogiendo el rugir de los
motores de algunas lanchas empeñadas en una competencia, luego se oye el zumbar
de algún avión que cruza cerca; de nuevo motores de lanchas, ahora remolcando
esquíes acuáticos; se siente el aliento de la persona que guía el esquí, y hasta
se puede diferenciar, por el sonido, cuál estela pertenece a la lancha y cuál al
esquí.
Nos acercamos a un grupo de bañistas; se
oyen chapotear en el agua y sus gritos al ser arrastrados por alguna ola.
Luego viene un grupo de niños, con sus
gritos jubilosos e inconfundibles, sus carreras, sus guerras con agua o con
arena, sus protestas, y luego sus llantos.
Finalmente los gritos autoritarios de sus
padres poniendo orden en el desaguisado.
Ahora estamos sobre una playa, ayuna de
ruidos humanos; las olas rompen en los acantilados estrepitosamente; luego
cambia a un lugar sin barreras, donde mueren lentamente rodando sobre la
arena.
Zumba el viento con fuerza entre las
palmeras y enormes bandadas de gaviotas buscan refugio tierra adentro, chillando
clamorosamente.
Nos internamos en el mar abierto.
El viento sigue zumbando, ahora con más
fuerza; las olas aumentan de tamaño; se oyen allá lejos romper en los
acantilados.
Indudablemente es una tempestad, pero
nosotros nos alejamos, buscando un lugar apacible, y lo encontramos.
Estamos oyendo el suave deslizamiento de
pequeños peces.
Distinguimos con facilidad las
dimensiones del pez por la fuerza con que impulsan el batir de sus aletas en el
agua.
Seguimos adelante.
Ahora es un grupo de peces
voladores.
Se sienten en el momento que salen
impulsados del agua para caer adelante en acción continua y acompasada.
Luego llega la pesca de algún pez de buen
tamaño, la lucha de este por librarse del anzuelo, golpeando con estrépito el
agua, el chillar del sedal al ser recogido en el carretel, los resoplidos del
anónimo pescador por el esfuerzo desarrollado y finalmente un grito de
desaliento o desilusión al escaparse la presa.
Seguimos moviéndonos en busca de
novedades.
Ahora algo que he visto debe ser
verdaderamente impresionante: la pesca de una ballena.
Un verdadero huracán a flor de agua.
Un disparo a bordo de una lancha; silba
en el aire un arpón, el rápido tirón del cable poniendo en movimiento súbito a
los carreteles que lo contienen y el blanco certero en el cuerpo del animal; el
arrancón de este al sentirse herido, arrastrando la lancha y a sus intrépidos
tripulantes.
Momentos de expectación.
Es tan real lo que oigo que siento temor
por la vida de los pescadores y presiento un desenlace fatal.
El animal se hunde en su desesperación
por salvarse del hierro que le está quitando la vida.
Finalmente el triunfo del hombre sobre el
animal, gritos de júbilo que no dejan lugar a dudas: la presa fue rendida por la
inteligencia del hombre.
Ahora la van remolcando lenta y
pesadamente hasta el barco nodriza.
El ajetreo es endemoniado: ruidos de
caderas, silbar de chorros de vapor o aire a presión, golpear de gigantescas
cuchillas y zumbar de sirenas en loca carrera contra el tiempo el inconfundible
hervor en descomunales calderas y finalmente torrentes de agua barriendo las
cubiertas.
Esta forma de diversión sí me gustó, y
creo que gasté en ella más del tiempo que teníamos libre, porque iba a cambiar
de fila buscando más sonidos diferentes a los que pudiera identificar, pues me
parecía estar en un concurso, cuando mis amigos me hablaron porque ya habíamos
sido llamados a la nave.
Íbamos saliendo cuando vi que entre dos
hombres sacaban de una butaca a un individuo y lo depositaban en una abertura
incrustada en la pared.
Algo me dio la impresión de que lo
amortajaban en un ataúd.
Para no quedarme con la duda pregunté a
mis amigos de qué se trataba.
Me explicaron que como ellos no tienen
cementerios acuden a medios más científicos para deshacerse de las personas que
se van muriendo, que aunque hay lugares de reclusión para ancianos donde se
reconcentran cuando se sienten demasiado viejos, se da con frecuencia el caso de
que en cualquier edificio, y hasta en plena calle un individuo muera.
Por lo tanto, es obligación que las
personas que estén más cerca de la víctima que la depositen en el aparato
desintegrador más cercano.
No era otra cosa el lugar donde vi que
metían aquel cuerpo al parecer sin vida.
Mis amigos me explicaron que no hay
edificio que no tenga uno de estos aparatos en cada piso y resulta tan
importante que inclusive las camas en los edificios dormitorios contaban con un
avisador que daba la alarma cuando un individuo pasaba determinado tiempo sin
moverse.
Cuando esto sucedía acudían al lugar
personas especializadas que se encargaban de la operación.
Les pregunté si no se daba el caso de que
a una persona con vida la desintegraran y me contestaron que esto no sucedía
pues era tan perfecto aquello que, mientras la persona depositada contara con
vida, nada le pasaba; que sucedía con frecuencia que saliera del desintegrador
un individuo a quien creyeran muerto que solo padecía algún mal; pero que esto
le servía de aviso para que se alojara en un centro de reclusión donde lo
atenderían de su enfermedad.
Mis amigos me advirtieron que era
probable que ya fuéramos a partir; pero que, si esto no sucedía de todos modos
dormiríamos en la nave que nos había transportado y que allí mismo comeríamos
pues ya era tiempo de hacerlo.
Así que subimos a la azotea para abordar
una de aquellas fantásticas naves esféricas, que volando las ve uno como
gigantescos globos; pero cuando va uno en ellas y se da cuenta de la velocidad
que alcanzan se aterroriza, pues da la impresión de que solo es una bola de
cristal que de un momento a otro se estrellará contra otra nave, haciéndose
añicos.
En esta incursión y volando en la nave
esférica en aquel lejano mundo, vi allá abajo, en una remota calle, una serie de
esbeltas y gigantescas ruedas al parecer planas; iban arrastradas o formaban
parte de una máquina rara.
Pregunté a los amigos qué era aquello y
por toda contestación uno de ellos tomó un micrófono cercano y ordenó algo al
tripulante de la nave.
Disminuyó esta la velocidad, giró en
espiral perdiendo altura y fue a colocarse unos metros adelante del raro
aparejo.
Aún a pocos metros me siguieron
pareciendo ruedas planas enormes y de un color amarillo.
Incapaz de adivinar de qué se trataba, lo
pregunté.
Entonces me explicaron que solo era una
máquina que iba tendiendo un piso metálico.
Delante de dicha máquina el piso era de
color marrón oscuro y se veía de superficie burda, como una especie de
concreto.
En la máquina los rollos de metal
laminado, que no eran otra cosa las enormes ruedas, estaban espaciadas unas de
otras, un metro aproximadamente, y la función de la máquina era pulir el piso,
abrir una cuna o canal y ya preparado el piso de esta manera, iba depositando en
su lugar aquellas cintas metálicas que son de aproximadamente doce pulgadas de
ancho y su función es convertirse en conductores de la fuerza que usan los
vehículos.
Aterrizamos en una azotea, enfrente del
edificio donde estaba nuestra nave.
Tomamos el elevador y fuimos a parar al
sótano.
Allí tomamos un conducto subterráneo para
atravesar la calle y llegar al otro edificio, para abordar de nuevo el elevador
y llegar a la azotea, bajo la panza de nuestra acogedora nave.
Buscando qué platicar se me ocurrió
preguntarles algo acerca de sus gentes que me había llamado la atención.
No había descubierto a una sola persona que adoleciera de algún defecto físico, y vino a mi imaginación que, si en nuestro mundo se usara una ropa como la que se usa allí, que va materialmente unida al cuerpo, cómo aparecerían nuestros congéneres, tan